jueves, 11 de noviembre de 2021

Marioneta

 El bosque me acoge en su oscuridad desde hace días, las ramas de los árboles trepan hacia el cielo en un intento desesperado de mantenerme oculta de mis perseguidores. Camino sin descanso, arrastro mis pies y mis manos por las hojas rojas que marcan un sendero que tan solo yo puedo ver. La sangre que emana de mis numerosas heridas es absorbida por la tierra que, agradecida, llama a la lluvia para calmar mi sed.

No puedo. No. Puedo. Más. Mi cuerpo está exhausto. Mi mente enmarañada. Me abandono a la oscuridad, al frío, al terror... Oigo voces, perros, trotar de caballos. Están llegando y me atraparán. Cierro fuerte mis ojos, pronuncio plegarias con mi boca pegada a la tierra de mis ancestros. Huelo a moho, a hierba, a eternidad... Espero una respuesta. 1, 2, 3 segundos... Ahí están los gritos de terror de mis perseguidores, sonido de sangre, batalla y después tan solo silencio.

Mi rostro está pegado al suelo, mi cuerpo se rompe en llanto, alegría y agradecimiento. Las ramas de mis hermanos árboles se abren y la luz del sol me baña. He superado la prueba. Percibo gritos de alegría que se van acercando, pasos apresurados de mi clan y rechinar de dientes de mis enemigos. Mi madre y mi abuela me toman en brazos y juntas caminamos hacia el altar. Soy la nueva hija del bosque, la elegida por los dioses, la que matará al tirano rey Dorhian.

—Ella ha superado la prueba, ha sido tocada por el bosque para acabar con él. Largo tiempo hemos esperado que llegara este día, un día en el que el bosque nos impidiera matar a una de nuestras hijas. Ese día ha llegado y Anur ha sobrevivido —grita mi madre emocionada y el resto de la aldea rompe en aplausos.

—Anur ha sido elegida, sí, pero ahora debe prometerse con Dorhian, debe engendrar un hijo suyo y acabar con su reinado —puntualiza Erian, mirándome con desprecio.

Me pongo en pie, contengo mi rabia y mis dedos caminan hacia el bolsillo que descansa en mi pecho. Saco un anillo, lo introduzco en mi dedo y, mirándola a los ojos comento.

—Soy la prometida del rey. Llevo viéndome con él unos cuantos meses. Te puedo asegurar, Erian, que en nuestros encuentros las palabras brillan por su ausencia, está loco por mí. La boda será en la próxima luna llena y para entonces la semilla del rey crecerá en mi vientre. 

Erian, roja de furia, se aleja hacia su casa y yo sonrío al verla marchar. 

—Vamos a casa, Anur —dice mi madre tomando mi mano y despidiéndose de nuestro clan—. No debes provocar a esa mujer, sabes que es capaz de cualquier cosa con tal de hundirnos. Debemos estar atentas. Muchas de sus hijas, sobrinas y nietas han muerto en La Elección. Intentará matarte, no dejará que te cases con el rey.

—No me matará, si la mato yo antes.

Mi madre me mira con curiosidad, le enseño mi mano cerrada en un puño. Con cara de asombro y terror, se gira buscando a Erian que se retuerce en el suelo mientras su hermana intenta ayudarla desesperadamente.

—Te has vuelto loca —susurra entre dientes, deshaciendo el puño de mi mano—. Si alguien descubriese tus poderes y que los usas contra uno de los nuestros, te matarían. Nos matarían.

—No, mamá. Soy La Elegida, ¿quién intentaría matar a la muerte? —contesto mientras me tumbo agotada en mi cama.

—No digas tonterías, hija. Eres La Elegida, sí. Pero no eres la muerte, ni mucho menos. Eres la marioneta de los dioses. Los dioses son caprichosos e inestables en sus afectos y de la misma manera en que hoy te han elegido, mañana pueden acabar contigo. No te tengas en tan alta estima, mi niña. Mírate, has estado a punto de morir. —Y diciendo esto me deja sola en la oscuridad de mi cabaña, mientras yo muerdo mis labios de rabia. 

—Yo no soy una marioneta —susurro conteniendo el impulso de cerrar mi puño.






lunes, 2 de agosto de 2021

Regreso

 Camino a través de los árboles, las piedras del camino conversan con presencias escondidas en el silencio, con el silbido del viento acariciando las hojas y con el canto de algún ave. Estoy agotada, mis pies apenas se arrastran cuando al fin diviso la hermosa cabaña que me vio nacer. Allí, en la puerta me espera, me mira con sus hermosos ojos grises mientras trenza su cabello que el tiempo pintó de blanco. Llego hasta ella y me derrumbo en un pequeño banco de madera, me escondo en su regazo y lloro, mientras ella acaricia mi piel en silencio.

Abro mis ojos y no sé cómo, pero estoy en mi antigua cama, arropada, caliente y segura. 

—Bebe, cielo, la infusión está en la mesilla. 

Una sensación hermosa recorre mi cuerpo cuando oigo la voz de mi madre. No noto reproche, no noto enfado, aunque sí miedo y un poco de tristeza. Bebo de la taza humeante, el líquido está en su punto justo, mi mente escapa a momentos perdidos de mi infancia, en los que me preguntaba cómo mi madre podía hacer todo lo que hacía. El desayuno siempre me esperaba recién hecho en la mesa; si me dolía algo, ella lo sabía un segundo antes que yo; si la tormenta intentaba asustarnos en un día de verano, ella nos resguardaba en casa y sonreía cuando los rayos furiosos entendían que no podían dañarnos; si los señores oscuros pasaban por el sendero cercano a nuestro hogar, una niebla fina nos ocultaba y los veíamos pasar, pero ellos no podían encontrarnos... No podían encontrarnos, quizá ahora si puedan.

—Siempre has temido demasiado al futuro y has añorado el pasado, mi niña, esa ha sido siempre tu debilidad. Debes vivir el ahora, porque es lo único que tienes. Ahora —dice enfatizando la palabra—, ahora debemos prepararnos para lo que vendrá.
—Lo siento.
—No lo sientas, hace tiempo que te perdoné. Supe de ti y vigilé tus pasos, vi que eras feliz sin mí y con los años entendí que yo fui la causante de tu huida. No me sinceré contigo, te oculté, te protegí..., y terminé siendo tu carcelera. —Se le rompe la voz y ahora soy yo la que consuela su llanto, un llanto que me desgarra el alma y duele como fuego en mis entrañas.
—Mamá, entiendo, ahora entiendo —contesto llevando la mano a mi vientre, el llanto cesa y una sonrisa asustada ilumina nuestros rostros.
—¿Cómo es posible que no lo haya intuido? ¿Por qué?

Voy a contestar, mas el bello rostro de mi madre se crispa en una mueca de terror.

—Él es el padre. Él —se contesta a sí misma en un susurro.

Asiento, avergonzada, asqueada y muerta de miedo, estoy a punto de decir algo cuando un viento helado se cuela por la ventana. Corremos fuera, la niebla protectora ya está haciendo su trabajo y unos jinetes oscuros merodean, vigilando, husmeando como lobos buscando a su presa. Uno de ellos fija su mirada en nosotras, en mis ojos... Él, sus tiernos ojos, su boca, su pelo que tantas veces acaricié, tentada estoy de salir corriendo para perderme en sus brazos, pero mi madre toma mi mano y recuerdo las cadenas, la sangre y el dolor. Sacudo la cabeza confundida y me pregunto si las caricias existieron o si solo fue otro más de sus engaños.

—Ya se han ido, esta vez no nos han encontrado, pero él no se rendirá. ¿Sabe que estás embarazada?
—Sí, no... No lo sé mi mente está confusa, no consigo recordar cómo me llevó a su palacio. En mis recuerdos se mezclan escenas de amor con otras de sangre y dolor. Ni siquiera sé cómo logré llegar al sendero de regreso a casa.
—Debo hacerte recordar, aunque yo sola no puedo enfrentarme a lo que vendrá. Tengo que invocar a nuestras iguales, nuestras compañeras. Te debo una explicación y será larga, prepararé un poco de té.

Mi madre pasó muchas horas contándome lo que somos, lo que soy, lo que Él es... 

Ahora estamos caminando por nuestro bosque, las ramas de los árboles se van abriendo y cerrando a nuestro paso, los animales custodian nuestro camino. Llegamos a la aldea escondida de nuestros antepasados y las mujeres del bosque nos rodean hasta que yo cierro mis ojos, mi madre me acaricia y quedo atrapada en sueño dulce y blanco.





 


martes, 29 de junio de 2021

Sueños enredados

 Una anciana trenza su blanco cabello y sentada al calor de la lumbre espera. Esperando recuerda su ya larga vida, enredada como su trenza. Recuerda que, en ocasiones, la vida se le hizo demasiado grande. Recuerda los llantos, las frustraciones, las sonrisas, las caricias... Y mirando atrás en el tiempo, piensa que no borraría ninguna de las huellas que la hicieron llegar hasta ese preciso momento.

Revisa su gran estantería de libros, su casa es humilde y sus libros son su mayor riqueza. Sus piernas se quejan al levantar el peso de su pequeño cuerpo y roza con sus dedos el lomo de sus novelas. Camina hacía un pequeño escritorio, allí está su último manuscrito, aún sin terminar. Los capítulos finales siempre han sido especialmente difíciles para ella. Esta vez es diferente, sabe que esa será la historia con la que su vida acabe, la muerte ronda en las esquinas, en las sombras de la noche y se pasea por su piel, inundando con su presencia todo su cuerpo. 

Escribe durante todo el día, las horas pasan rápido, el hambre no se atreve a molestar a la inspiración y la anciana, mirando a la protagonista de su historia, observa como la tinta crea vida en la hoja en blanco. 

Anochece, ha puesto el punto final a su novela y alguien abre la puerta de la calle. Su preciosa hija, tan parecida a ella, la saluda.

—Mamá, deberías estar descansando. La comida está sin tocar, seguro que te has pasado todo el día escribiendo —le dice acariciando con dulzura su cabello.

—¿Qué tal tu día? —contesta la madre, sin prestar atención a la regañina.

—Bien —sonríe caminando hacia el escritorio—, ¿ahora ya puedo leerlo?

—Sí, ahora, sí. 

—¿Y me dejarás publicar tus novelas? Sabes que en la editorial están deseando hacerlo, no entienden por qué nunca has querido mostrarte. Eres realmente buena, mamá.

—No lo sé, cariño. Supongo que fue por miedo, cobardía... Disfrutaba escribiendo, enseñando mis historias a poquitas personas, pero no me atreví nunca a que mi pasión se viera juzgada por extraños. Quizás fue un error, no lo sé y ya no lo sabré nunca, porque mis historias no deben ver la luz hasta mi muerte.

—Ay, mamá. Siempre me dices que persiga mis sueños y tú has estado reprimiendo los tuyos toda tu vida.

En la mirada de la anciana asoma un poco de tristeza, su hija se da cuenta e inmediatamente se arrepiente de sus palabras. Camina hacía ella, la abraza y la cubre de besos.

—No me hagas caso, mamá. Soy una estúpida, tus motivos son tus motivos, y yo no soy quien para juzgarte. Ahora descansa un poco mientras yo preparo la cena. 

La anciana cierra los ojos, acomodada en su sillón. Su hija camina hacia la cocina conteniendo el mar de lágrimas que se agolpan en sus ojos. Un escalofrío recorre su espalda y la sombra de la muerte retira de su rostro una lágrima.