lunes, 9 de diciembre de 2019

La Señora

Anna llevaba varios años trabajando para la Señora, era una especie de secretaria que le llevaba la agenda y organizaba todos sus compromisos. Recuerda que la primera vez que la vio en persona fue durante la entrevista para el puesto y le impresionó mucho, le pareció una mujer segura pero que al mirarla un poco más profundo dejaba intuir una sombra oscura en su interior.

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Con el tiempo se dio cuenta de que todo en la vida de la Señora era fachada. Unas amistades cultivadas por interés, un marido siempre ocupado en "sus negocios" y unos hijos demasiado solos.
Los empleados más antiguos contaban historias, decían que los padres de la Señora eran agricultores que con mucho esfuerzo lograron pagar unos estudios a su hija. Solo eran habladurías pues en el tiempo que ella llevaba trabajando, nunca había oido mencionar que tuviera familia. Decían que se avergonzaba de donde procedía.

Su vida era como un castillo brillante y de cristal, parecía que todo en ella era hermoso. Pero ese castillo de cristal estaba plagado, en realidad, de miles de pequeñas fisuras, imperceptibles a simple vista... Pero que en cualquier momento podían hacer que todo estallara en pedazos.

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Era la mañana de Nochebuena y Anna esperaba en el despacho de la Señora. Era la última reunión del año, ya que Anna siempre pasaba las vacaciones de Navidad con su familia. Nada más verla entrar por la puerta del despacho Anna supo que algo estaba sucediendo, la sonrisa de su jefa era como un rayo de sol antes de la tormenta y ella la conocía bien. Tendría que andarse con pies de plomo si no quería contrariarla.

-Anna, antes de irte cancela mi presencia en la cena de esta noche en el Hotel. Sólo acudirán mi marido y los niños.

Anna la miraba de reojo mientras tomaba nota y no sabía si debía preguntar, ni qué decir. El temblor en el labio inferior de la Señora indicaba que estaba conteniendo el llanto.

-¿Señora..?

Anna no llegó a decir nada más ya que el llanto brotó incontrolable. Era un llanto ansioso que había estado reprimido y encerrado demasiado tiempo. Las dos mujeres se miraron a los ojos. Anna asintió con la cabeza y, tomándola de la mano, la guió a un asiento. La Señora no necesitó palabras para entender que podía confiar en ella. Le contó secretos, traiciones, infidelidades de su marido de las que era consentidora, trapicheos en los negocios y un sinfín de historias que la habían estado ahogando durante muchos años. Le contó que sus padres habían fallecido al poco de casarse y no llegaron a ver en lo que se había convertido. Nunca había ido a visitar sus tumbas y estaba segura de que no se alegrarían de la mujer en la que se había convertido, no la habían educado para eso.

-¿Por qué no intenta cambiar su vida si no le gusta? -preguntó Anna.
-Porque si la cambio me quedaré sola. Además, hay algo sobre mi marido que no he contado a nadie.
-¿Pero de qué sirve estar rodeada de gente, si realmente estás sola?

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La expresión de sus ojos cambió. Ya no era tristeza lo que veía en sus ojos, era miedo. Incluso podría decir que terror. Anna estaba segura de que lo que escondía de su marido era algo terrible.
Cuando la Señora estaba a punto de comenzar a hablar su marido entró en el despacho, portaba un graaan ramo de rosas rojas y un estuche de joyería en las manos. La Señora apartó instintivamente a Anna de su lado y tragándose las lágrimas sonrió a su esposo. Él ni se enteró de la complicidad que existía entre las dos mujeres. Anna esperó fuera del despacho mientras el matrimonio conversaba. Salieron los dos felices y sonrientes.

-Anna, olvida todo lo que hemos estado hablando, a la vuelta de tus vacaciones retomaremos la reunión donde la dejamos. Puedes comenzar ya tus vacaciones. ¡Feliz Navidad!


viernes, 22 de noviembre de 2019

La noche fría

Todas las noches eran frías para ella, daba igual que fuera invierno o verano. Ella se acostaba y se tapaba tanto que solo dejaba un hueco para sus ojos, no le gustaba tapar su cara con las sábanas. Si a él se le ocurría venir prefería ver cómo se acercaba. No recordaba cuándo había sido la última vez que se había abandonado a un sueño tranquilo y feliz... No, ella no descansaba. Sus noches eran un duermevela continuo, pero si él decidía venir entonces era peor porque cuando él se iba el frío se apoderaba de todo su cuerpo y ya no volvía a cerrar sus ojos hasta la noche siguiente.

Sin embargo, algo en su vida había cambiado: hacía dos meses que su padre había decidido alquilar una de las habitaciones vacías. Desde entonces sus visitas nocturnas se habían espaciado. El muchacho al que le había alquilado la habitación era como un ángel: Limpio, de buenos modales y siempre tenía una sonrisa para ella. Le gustaba leer y se pasaban las horas hablando de los libros que ambos conocían. Poco a poco se dio cuenta de que algo iba naciendo entre los dos, ella al principio sentía rechazo cuando sus manos se rozaban o él se acercaba más de la cuenta. Él también sentía el frío que se instalaba en la habitación cuando su padre se sentaba cerca de ella y podía escuchar los pasos en la fría noche, una puerta que se abría en silencio y las lágrimas ahogadas en la almohada.

Llevaban un par de semanas yendo a leer al parque, siempre a escondidas de su padre. Si él se enterase de que sus conversaciones se daban fuera de los muros de la casa y en calidad de "amigos", a él le habría echado y ella hubiese pasado varios días en cama a causa de la paliza que le habría dado.

Esa tarde él se atrevió a preguntar y ella quiso responder. No hicieron falta promesas ni rechinar de dientes. Él la abrazó como nunca antes nadie la había abrazado. Sintió que el abrazo de un hombre también podía ser suave y le dio amor, amor del que inunda de una cálida luz todo tu interior y calma el alma. Algunos trocitos de su corazón destrozado se recompusieron con aquel abrazo.

Esa noche ella escuchó los pasos en el pasillo y la puerta que se abría, pero no era como otras noches, sentía que había algo extraño. Él le susurró que se vistiera. Ella obedeció y cogidos de la mano salieron del infierno. Les costó muchas lágrimas, conversaciones y abrazos, pero hubo un día en que pudo dormir sin frío y sin escudriñar el silencio de la noche.



sábado, 16 de noviembre de 2019

Una mala noche? II parte

Aquella mañana su mujer llevaría al niño a la guardería, así que fue paseando al metro. Por el camino no notó nada fuera de lo normal. La gente no comentaba nada de lo ocurrido por la noche y los periódicos tampoco lo mencionaban.

Al llegar a la oficina se dio cuenta de que parecía que todos habían pasado mala noche, pero ninguno recordaba lo que había soñado, salvo uno de los chicos del departamento de recursos humanos que dijo que había tenido una pesadilla que le había parecido muy real. Él prefirió callarse y hablarlo más tarde, a solas.

Solían ir siempre, los dos, a tomar café a media mañana. Se conocían desde la universidad y llevaban trabajando juntos un par de años. Al llegar a la cafetería le dijo lo que le había pasado por la noche y le preguntó si a él le había pasado lo mismo. Su amigo asintió muy sorprendido... Entonces, ¿no había sido un sueño? ¿Qué sería lo que había pasado? ¿Habría más gente que recordaba lo que había sucedido?

Empezaron a indagar en Internet y encontraron gente que contaba exactamente lo mismo que les había pasado a ellos. Todos los que recordaban lo sucedido eran de su ciudad y no eran más de 15 personas. En el resto del mundo nadie recordaba nada, incluso preguntaron a un amigo que trabajaba en la televisión local si tenía constancia de algún programa especial aquella madrugada y les dijo que no aparecía nada más que la programación habitual.

Los 15 contactaron entre ellos y decidieron que esperarían a ver si sucedía algo aquella noche.

Él y su mujer cenaron tranquilamente, como de costumbre acostaron al bebé y luego vieron una serie en la televisión. Ella se acostó antes y él chateó un rato con Los 15, antes de irse a dormir.
En mitad de la noche algo le despertó... Una voz en su cabeza le decía que debía ponerse en contacto con Los 15. Bajó a conectarse, aún dormido tecleó la clave del ordenador, los dedos le temblaban y sentía que debía de estar perdiendo la cabeza. Cuando la pantalla se abrió vio que estaban todos en línea, Los 15 y uno más. Todos habían oído la voz y esta procedía del participante número 16 del chat...