domingo, 15 de marzo de 2020

La espera acabó...

Volvía de dar su paseo de todos los días cuando encontró una pequeña piedra de color blanco junto al gran roble que marcaba el camino a su casa. Él conocía bien sus dominios y sabía que aquella piedra no era propia de aquel lugar. Otro no se habría percatado siquiera de su presencia, pero él pertenecía al bosque y el bosque le hablaba, siempre había sido así.

Todas las mañanas se despertaba muy temprano, cuando aún no había amanecido y recorría el bosque acariciando las cortezas de los árboles y escuchando los susurros del aire. El silencio del bosque puede contarte muchas cosas si se sabe escuchar con todos los sentidos. Ese día el aire le traía olores extraños, los árboles movían sus ramas, comunicándose unos con otros y los animales permanecían en sus madrigueras escondidos.

Él notó todas aquellas cosas, pero no fue hasta ver aquella piedra cuando comprendió lo que estaba por venir. Caminó por el secreto sendero que las fuerzas mágicas del bosque abrían solo para que él llegase a su casa. Nadie más tenía permitido vivir allí y la magia del bosque jamás permitiría que nadie llegase a conocer aquel lugar.

Cuando ya vislumbraba su casa notó que su piel se erizaba y entendió que alguien le estaba observando. Miró a su alrededor y no fue capaz de saber de dónde provenía aquella sensación. Caminó un par de pasos y entonces vio el Unicornio de Saleb y supo que su dueña no estaría lejos. La profecía decía que el unicornio aparecería en el momento en que El Mal hiciera acto de presencia y allí estaba el momento que había temido toda su vida y que sabía que llegaría.

En esos momentos, dos mil años esperando le parecieron pocos pensando en el horror que llegaría. Cuán maravilloso era el mundo aún con sus miserias comparado con los años de lucha que vendrían y secó una lágrima antes de saludar a su invitado.

-Hola, desearía que tu presencia hubiera tardado más en llegar, pero ya que estás aquí, dime: ¿y ahora qué...?
-Ahora el HORROR...





viernes, 6 de marzo de 2020

Desaparecida

Las noches de tormenta eran las peores porque sabía lo miedosa que era su hermana y solo pensar que no hubiera nadie con ella para abrazarla, allá donde estuviera, le desgarraba el alma.
Vio el haz de luz que iluminó la habitación, contó despacio: uno, dos, tres... Y entonces llegó el trueno, el trueno ensordecedor que, a pesar de estar esperándolo, le hizo dar un salto de la cama.

Decidió que ya no dormiría más aquella noche y se fue al salón. En el suelo había esparcidos cientos de fotos de su hermana, recortes de periódico y todo lo que había podido investigar sobre los días que precedieron a su desaparición. Tomó un gran trago de agua y se puso unos cascos. Así, con la música a todo volumen, podía pensar mejor y los truenos no la asustarían.

Recordaba perfectamente la última vez que habló con ella. Fue un domingo, hacía ya dos meses. La notó rara, tuvo la sensación de que había alguien con ella y por eso no quería hablar. Su hermana era preciosa y muy inteligente. Acababa de conseguir trabajo en un prestigioso despacho de abogados y le habían asignado un caso para el que debía desplazarse a un pequeño pueblo en la costa gallega. La llamó la mañana del lunes y la del martes, sin conseguir contactar con ella, hasta que el martes por la noche sonó el teléfono y un agente de policía con acento gallego le informó que habían encontrado el coche de su hermana y toda su documentación en un aparcamiento al pie de la playa, a 50 km de su hotel.

No tenían familia, su madre falleció hacía dos años y su padre... Bueno, de su padre mejor no recordar nada. No sabía dónde estaba ni le importaba. Se desplazó al lugar de la desaparición inmediatamente y desde aquel día vivía en un pequeño piso de alquiler, sin dejar de buscar a su hermana.

Estaba repasando por enésima vez los apuntes de la agenda de su hermana cuando un enorme trueno, que pudo oír a pesar de llevar los auriculares puestos, la sobresaltó. Con el corazón aún trotando a toda velocidad, sonó el teléfono fijo. ¿Quién la llamaba a las dos de la mañana a ese teléfono? Nadie de su entorno, ni siquiera la policía, conocía ese número. Estuvo tentada de no contestar, ya que si era alguien conocido la hubiera llamado al móvil, pero le pudo la curiosidad. Levantó el auricular, pues era uno de esos antiguos teléfonos con una rueda para marcar.

-¿Sí, dígame? -contestó.

Al otro lado del auricular solo se oía una respiración agitada y estaba a punto de colgar pensando que sería algún gracioso.

-Sofía, tienes que ayudarme. No puedo... -Entonces se cortó la llamada.

A Sofía le temblaba todo el cuerpo, las lágrimas rodaban por sus mejillas y solo podía gritar.

-Lía, Lía, Lía... Contéstame Líaaaa.... ¿Dónde estás?



jueves, 20 de febrero de 2020

El viejo profesor

El viejo profesor del pueblo fue siempre un hombre apuesto y simpático, aún lo seguía siendo, a pesar de su evidente cojera y que la mano derecha le temblase más de lo normal. Yo le recuerdo siempre atento y cariñoso, pero también recto y disciplinado. Era el único profesor que conseguía hacer callar a todos los niños de la clase con un solo gesto.

Estudié medicina y decidí quedarme en mi pueblo, monté una pequeña consulta en la que atendía a los vecinos y como los servicios sanitarios más cercanos quedaban a una hora en coche, el negocio no iba mal del todo. En el pueblo todos me conocían y confiaban en mí; además, si no podían pagar con dinero, siempre podíamos apañar la factura con unas buenas verduras del huerto o unos huevos de las gallinas de Doña Herminia.

El profesor vivía solo y yo solía pasar a verle una vez por semana. De un tiempo a esta parte le notaba extraño, huraño más bien. Parecía que mi presencia le molestase y me di cuenta de que cada vez que iba a verle su escritorio, que normalmente rebosaba papeleo, estaba impoluto. Así que en mi última visita le pregunté cómo iban sus investigaciones acerca de las ruinas del viejo alcornocal, cercano al río. Se puso muy nervioso, diría que hasta un poco agresivo y me despachó de malas maneras.

De camino a casa no podía dejar de pensar en qué sería lo que le estaba ocurriendo. Cuando iba a abrir la puerta me fijé en que él subía la cuesta que lleva al bosque. Parecía que hablaba solo y su cojera ya no era tan evidente puesto que iba bastante deprisa para su edad. Decidí que sería mejor seguirle.

Al poco rato, entendí que iba a las ruinas, así que me apresuré y cogí un atajo. El camino era peor pero llegaría unos cinco minutos antes que él.

Y allí, agazapada entre los árboles, estaba esperando ver aparecer al viejo maestro cuando el ruido de una moto que se acercaba me sobresaltó. El motorista llegó, sin quitarse el casco dejó una carpeta en la entrada de las ruinas, le puso unas ramas encima y se marchó. Estaba sopesando si bajar a recoger la carpeta cuando vi aparecer al viejo profesor, que se acercó a la entrada, quitó las ramas y se llevó la carpeta como si supiera exactamente donde buscar. Miró a los lados, nervioso, como si temiera que alguien le estuviera espiando y se marchó presuroso del lugar.

Me quedé allí, sentada entre los arbustos, pensando que todo lo que acababa de ver parecía salido de una novela negra. Me froté los ojos y bajé a las ruinas, había estado allí muchas veces a lo largo de mi vida pero nunca había entrado en la edificación. Los niños contaban historias de miedo sobre aquellas ruinas y yo era muy aprensiva. Me armé de valor y entré en el recinto. Parecía una ermita antigua, llena de maleza y con parte del techo derruido, pero en la que aún se podía distinguir la zona de lo que fue un altar. Cuando estaba llegando a la zona del altar oí de nuevo cómo una moto se paraba en la entrada y unos pasos que se acercaban. Mi corazón iba a salirse del pecho. Tenía que ser el mismo motorista que había dejado la carpeta, tenía que esconderme... No, decidí que no me escondería, actuaría con naturalidad. Estaba paseando y entré a curiosear... Sí, esa me pareció buena idea.

Me dirigía hacia la entrada cuando oí hablar a un hombre y una mujer, pero no distinguí sus voces. Iba a salir con total naturalidad de las ruinas cuando empezaron a discutir acaloradamente. Al momento sonaron un par de tiros y escuché la moto salir a toda velocidad.

Mi  instinto de médico me decía que si había alguien herido debía ayudar, pero al salir solo encontré un charco de sangre y un pañuelo.

Allí no había nadie...