lunes, 2 de mayo de 2022

No matarás

Sé que estoy perdida en un sueño, una pesadilla recurrente. Lo sé porque la he vivido mil veces, todas diferentes y todas iguales. Camino descalza sobre una superficie fría, mis ojos van acostumbrándose poco a poco a la oscuridad. Una sustancia tibia y pegajosa mancha mis pies y salpica mis tobillos. Estoy aterrada, paralizada por el miedo. Sé que la veré, veré a mi víctima suplicando por su vida. El olor a sangre y a adrenalina me transforma en el monstruo que soy, que escondo bajo la piel y, justo cuando me abalanzo sobre mi presa, despierto ahogando el grito que me quema la garganta.
    No puedo articular palabra, mi corazón bombea tan rápido y fuerte que creo que va a salirse del pecho. Esta vez la pesadilla es diferente, la víctima ha cambiado y yo sé porqué. Las lágrimas asoman a mis ojos, pero las reprimo por él. Observo su respiración pausada que poco a poco me va relajando. 
  —Hola, cariño. No me digas que he estado roncando otra vez y te he despertado —ronronea desperezándose del sueño.
    —No, tranquilo. Anoche cené poco y me ha despertado el rugir de mi estómago —contesto sabiendo que en realidad hay un poco de verdad en la mentira.
    —No se hable más, bajaré ahora mismo a por esos bollitos que tanto te gustan, tú ve preparando café y zumo de naranja.
    Me quedo un rato enredada en las sábanas mientras observo cómo se viste para ir a por mis bollitos y siento pena por él, por mí y por lo que está por suceder. Oigo su respiración al salir de casa, los pasos firmes bajando las escaleras, mis sentidos se agudizan por el recuerdo de la pesadilla que se va convirtiendo en realidad.
  El monstruo va ganando terreno, intento mantenerlo a raya, como mi madre y mi abuela me enseñaron. No quiero ser una asesina, no quiero defraudarlas… Otra vez. Procedo de una estirpe de asesinas, fuimos maldecidas hace tanto que las líneas de nuestra historia se han desdibujado en el tiempo. Solo sé que nuestros sueños son debilidades, anhelos de muerte que se presentan con rostros desconocidos, mas cuando el rostro de nuestra víctima cambia a un ser amado no hay nada que podamos hacer para escapar del hechizo. Al final acabaremos matando a nuestro amor, a nuestra amiga… Mi madre mató a mi padre y desde aquel día ha conseguido mantener escondida a la bestia. He aprendido de ella y desde que maté a mi mejor amiga del instituto no he asesinado a nadie más, pero la sed de sangre es muy fuerte esta vez. 
   —Cariño, ya estoy aquí. ¡Qué bien huele a café!
   —Cielo, siéntate, tenemos que hablar —le digo intentando no oler su perfume. Acallando al monstruo.
   —¿Estás bien? Conozco esa mirada. ¿Han vuelto las pesadillas?
  —¿Qué sabes tú de mis pesadillas? —Mi cabeza está a punto de explotar. Cómo sabe él de mis pesadillas. 
   —Siempre que tienes una pesadilla olvidas que ya hemos tenido esta conversación —dice mientras me prepara un café—. La pesadilla no es real, no eres un monstruo ni estás maldita.
Bebo un largo trago de café totalmente desconcertada y mi mente comienza a nublarse, miro sus ojos y veo el reflejo del monstruo que soy en ellos. También miedo, y pena, y dolor, antes de sumirme en la negrura de la pesadilla de nuevo. Él me ha drogado y en las sombras de mi letargo recuerdo que no es la primera vez. La pesadilla regresa con más fuerza y sé que no podré escapar de ella. Debo acabar con mi amor.
Abro los ojos despacio, él está a mi lado, él me ama y no cree mi historia, confía en mí. Pobre iluso. Camino despacio silenciando al monstruo, abro la mesilla de noche y vierto todo el contenido del bote de somníferos en mi garganta. Me dejo ir, me voy, ya no  sufro, no soy un monstruo, no mataré más. Mi última víctima será acabar con este legado maldito.

miércoles, 19 de enero de 2022

Sendero Oscuro

 Existe un camino que recorre el valle, un camino escondido y descuidado, por el que la gente no se atreve a transitar. Con zarzas que te arañan la piel si no vas con cuidado, como queriendo avisarte de que ese no es el camino que debes seguir. También se escuchan ruidos de animales y crujir de hojas bajo tus pies. Todos los niños de la aldea le tienen miedo, sus papás se encargan de contar historias de miedo para que ellos no se acerquen al Sendero Oscuro, al terrible Sendero Oscuro.

Pero yo no le tengo miedo a nada..., bueno hubo un tiempo en que sí le tuve miedo a algo, le tuve miedo a él, al señor que caminaba bajo mi ventana por las noches. Miraba y miraba, escondido, pensando que yo no le veía. Acurrucado en mi cama, sintiendo los latidos de mi pequeño corazón, esperaba a que se marchase. Hasta que un día me armé de valor y decidí salir de la cama, avancé descalzo hasta la ventana y allí le vi mejor. El desconocido estaba llorando bajo mi ventana, hablé con él y así fue como conocí a mi abuelo paterno. Nuestra relación es un secreto, pues mi padre y él se enfadaron hace mucho tiempo. He preguntado alguna vez el porqué, pero mi abuelo me dice que aún soy pequeño para saber algunas cosas. Yo creo que no soy pequeño, pero confío en él más que en nadie, así que ya no pregunto.

Creo que me estoy desviando del tema, suelo hacerlo, os pido que no me lo tengáis en cuenta. El caso es que hoy voy a cruzar el Sendero Oscuro, el terrible Sendero Oscuro. Es un secreto entre mi abuelo y yo, hoy cumplo 11 años y su regalo será acompañarme al cruzar el sendero. Mi abuelo dice que él lo cruzó a mi misma edad, que papá también lo hizo y todos los hombres de nuestra familia. Soy muy valiente como ya os he comentado antes, no tengo miedo, bueno..., quizás un poquito sí, pero solo porque debo cruzar el sendero en la medianoche. No porque crea en monstruos ni nada por el estilo, soy mayor, esta noche no hay luna y podría tropezarme en la oscuridad, ese es mi temor.

¡Madre mía, qué vueltas estoy dando! Va a ser verdad que no sé contar historias como dice mi padre. Mi abuelo también lo dice. Se parecen mucho más de lo que ellos quieren reconocer. El caso es que tengo que hacerme el dormido, escaparme por la ventana y reunirme con el abuelo al comienzo del sendero. Ahora mismo estoy llegando, ya veo a mi abuelo esperando, lleva una especie de luz en la mano. No, no es una luz, la llama sale directamente de la palma de su mano. Me quedo paralizado. No puedo mover ni un solo músculo. Él me mira, mueve su mano indicándome que avance y mis pies comienzan a caminar solos, no soy dueño de mi cuerpo. Debo decir que ahora sí que tengo miedo, más que miedo estoy aterrorizado. Oigo un grito y giro mi cabeza. Mi padre avanza veloz hacia mí, intenta cogerme por la cintura, en sus ojos hay pánico. Miro a mi abuelo y él lanza la llama de su mano contra mi padre. Grito, lloro, avanzo hacia el sendero y cuando mi abuelo me toca me desvanezco como polvo, sombra y humo negro. Rescato imágenes de mi infancia, fogonazos de sombras que me revelan quien soy y que me dirijo al lugar del que provengo y del que mi padre me rescato... 




lunes, 17 de enero de 2022

Comenzando a recomenzar

 2022 comienza.

He estado muy alejada del papel en blanco, de las palabras que vuelan de mi cabeza al texto y que forman historias. He estado retraída, protestona, gritona y por qué no decirlo un poco insoportable. Y no me gusta nada estar así. No, no me gusta. Soy muy muy positiva y siempre tiro «palante», pero mi cabeza es una auténtica locura, un torbellino..., y, a veces, me gustaría que se callase un poquito. El miedo desde que soy madre es mi compañero, un compañero irracional que intento mantener a raya. 

Las navidades, los niños en casa, la adopción de nuestra perrita, los problemas graves de salud de mi suegro, mi madre que tampoco está muy fina, esta maldita pandemia... Todo se me ha hecho bola y no he podido sentarme a escribir y he leído muy muy poco. No ha habido casi Instagram, ni Twitter, ni nada de nada.

Hoy comienzo mi curso de escritura creativa y me propongo retomar mi novela La flor de la dedalera. También salir a caminar todos los días, con mi perrita, paseos largos que nos llenen de energía. 

No soy de las personas que se castiga si no escribe, ni de las que se pone metas de las de «tengo que escribir X palabras al día» o «mi novela tiene que tener X palabras». Me niego a ser esclava de algo que me hace tan feliz. Escribir es terapéutico, es sanador, me hace olvidarme de todo y puedo escribir en silencio o con los niños dando guerra a mi alrededor, pero lo que no puedo hacer es forzarlo. Es cierto que si tengo una idea y no la anoto esa idea se esfuma, pero también es cierto que si estoy un tiempo sin escribir las historias no desaparecen sin más. Cuando retomo mi pasión, las historias fluyen como el río tras el deshielo.

Así que hoy comienzo a recomenzar. Comienzo mi año aprendiendo, escribiendo y leyendo, y retomo poco a poco mi normalidad.

Y doy las gracias,
a los que me leéis,
a los que me seguís en RRSS,
a la magia de los silencios,
y a los que llenan mi vida de luz y polvo de estrellas.

Pronto os traeré un nuevo cuento.