jueves, 12 de septiembre de 2024

Venganza

Aloise tiene los ojos cerrados, la brisa salada acaricia su rostro y el vaivén de las olas parece jugar haciéndole cosquillas en los pies descalzos.
    Hasta que no pisó de nuevo, tras más de diez años sin hacerlo, la arena de la playa, no se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos.
    Un suspiro largo y profundo brota de su boca cuando siente unos golpecitos en su hombro derecho. No se atreve a abrir los ojos, todavía no. Antes tiene que intentar visualizar, en su mente, la cara de la persona que se va a encontrar al abrirlos. Mientras lo hace, siente la incomodidad de ella, escucha su impaciencia y eso hace que Aloise se demore un poquito más de la cuenta en prestarle atención. El rostro de sus pesadillas aparece en su imaginación, el causante de muchos de sus traumas y sobre todo de noches de llanto. Intenta reprimirlo, pero una lágrima se escapa por el rabillo de su ojo izquierdo. Aloise se alegra de que ella no pueda verlo, pues toca otra vez su hombro derecho
    —¡Aloise! ¡Deja de hacer el tonto y préstame atención! He tenido que descalzarme y pasear hasta aquí por esta arena que detesto. Si no abres los ojos, me iré. La situación es grave, deja de hacer el tonto.
    La chica aprieta los puños y mira a la mujer a los ojos. Se sorprende al encontrar a alguien tan diferente a la imagen que recordaba de ella. Su pelo, antes negro, se ha tornado cano en su mayoría; ahora lleva gafas, unas horribles, por cierto; está muy delgada y las arrugas la han convertido en algo que seguramente ella odia al mirarse al espejo. Aquella mujer no es el monstruo de sus pesadillas, bueno, sí que lo es, pero para Aloise es un alivio que haya cambiado tanto.
    —¡Al fin! Vámonos de aquí.
    La mujer echa a andar y la chica tiene que reprimir una carcajada al ver como camina soltando improperios por la arena.
    Las dos se limpian los pies, se calzan y pasean hacia su antigua casa. Aloise carraspea y al fin le comenta.
    —Pensé que no acudirías a mi llamada.
    —¿Por qué no iba a hacerlo? De hecho, en cuanto me enteré de lo sucedido con tus padres, llamé al último número de teléfono que tenía tuyo y no di contigo.
   —Bueno, ya sabes, tú y yo... Tú siempre fuiste... —tenía pensado un buen discurso, pero ahora que está caminando a su lado, las palabras se niegan a salir con fluidez.
  —¡Deja de tartamudear, niña! ¿No aprendiste nada estando conmigo? Las señoritas hablan alto y claro.
    Aquella manera de hablarle incendió algo en el interior de aquella niña que fue, el calor avanzó hasta las puntas de sus dedos y Aloise tuvo que reprimir el cosquilleo. No, no podía hacerlo tan rápido ni tan fácil y mucho menos a la luz de tantas miradas. Aquello debía ser discreto.
  —Te he invitado a nuestra antigua casa, precisamente por eso, porque quiero agradecerte lo que hiciste por mí cuando era una niña y también para ver si entre las dos podemos saber qué les ha ocurrido a mis padres.
  —¡Oh, Aloise! No sabes lo feliz que me hace oírte decir eso. Sé que fui estricta en ocasiones, pero todo lo hice por tu bien. Una niña con tu manera de ser —baja deliberadamente la voz al pronunciar las últimas palabras—. Ya sabes a lo que me refiero. No podía dejar que te hicieras daño o hirieses a alguien. Gracias a mí, todo aquello pasó y ahora eres normal. Pero en el tema de la desaparición de tus padres no sé cómo podría ayudarte, nunca tuve mucho trato con ellos, salvo cuando cuidaba de ti.
    Otra vez el calor y otra vez el cosquilleo.
  La chica saca las llaves de la gran casa. Muy grande para que vivieses tan solo una niña y su institutriz.  Los zapatos de Aloise parecen no pisar el suelo y el silencio reina a su paso, en cambio, los tacones de aquel demonio resuenan propagando tu canción por la casa deshabitada y sin muebles. 
  —Siento el aspecto que presenta la casa. Ven, iremos a mi antiguo cuarto, es el único lugar que he adecentado un poco, no pienso quedarme mucho tiempo y no me merecía la pena poner a punto la casa.
     La mujer hace el amago de subir las escaleras, pero la chica levanta una mano y, esta vez sí, deja  que el cosquilleo, se convierta en lo que siempre fue. 
   —¿Dónde vas? Por ahí no se va a mi antiguo cuarto. —La voz de Aloise suena segura.
    La institutriz no puede moverse, la magia de la chica no la deja avanzar. Aloise puede ver el terror y, como no, también algo de arrogancia, pues piensa que podrá ganar la partida como hacía con Aloise niña, pero ella ya no se parece en nada a aquella pequeña.
   —¿Qué dices? Tu dormitorio siempre estuvo en la primera planta.
   —Mi dormitorio, sí, pero el lugar en el que pasé más tiempo durante mi estancia en esta casa, fue el sótano. ¿No lo recuerdas? Aquel lugar en el que tú me encerrabas.
    —Si esto es una broma, no tiene gracia. Aloise, pensé que había hecho de ti una mujer, pero veo que me equivocaba. ¡Déjame ir! ¡Ya!
    Aloise, hace que la mujer calle y camine hasta las escaleras que bajan al sótano. Su institutriz suda y sus ojos están inyectados en sangre, pero por más que luche, no puede hacer nada contra el poder de la mujer en que se ha convertido.
    —¡Papá, Mamá! Os he traído compañía. Como ya os expliqué, aquí es donde yo viví básicamente unos quince años de mi vida, con apenas comida, ni bebida, ni luz del sol... Ni mar, ni arena, ni cariño.
    Los padres de Aloise están dentro de una jaula con un jergón sucio y mohoso, algo de agua y un poco de pan rancio. 
    —Tenía pensado muchas cosas para haceros, como venganza, pero he decidido que lo mejor será que os encierre a los tres aquí y me olvide de vosotros para siempre. Fue un acierto que en su día, ella, la institutriz que vosotros contratasteis para deshaceros de mí y de lo que soy, hiciese tan buen trabajo con la insonorización de este lugar concreto de la casa. Porque yo os prometo que grite y grite, mucho, durante años y nadie vino a rescatarme. Pero como bien me enseño, ella también, no hay que dejar nada al azar, así que con mi magia he creado una ilusión y cualquiera que entre en este sótano solo verá suciedad y una gran pared de ladrillos.
    —Adiós...
    Aloise cierra la puerta de la casa y se encamina feliz hacia su nuevo futuro, siente un pequeño cosquilleo en su mano derecha, algo que le ocurría mucho siendo niña, no era como su magia, más bien era como una corriente eléctrica, sacude el brazo con energía y la corriente pasa sin más. Está feliz y decide no darle importancia, algo que no habría hecho si hubiera seguido al pie de la letra los consejos de su institutriz. «Nunca pienses que un suceso es debido a la casualidad, las casualidades no existen y todo lo que nos pasa tiene algún sentido, aunque no sepamos identificar cuál es».
    Si hubiera vuelto a la casa en aquel momento habría visto que en la jaula tan solo estaban los cuerpos de sus padres, sin rastro de la institutriz.
    
    
    
    
    

domingo, 23 de junio de 2024

Amor de madre

Abrir mucho los ojos no le servía de nada, por más que intentaba distinguir algo en medio de aquella oscuridad más se frustraba. Así que optó por cerrarlos y dejarse guiar por los sonidos que el bosque le enviaba: susurros envueltos en la brisa, movimiento en las ramas de los árboles... Y así, consiguió escucharlos a ellos, a los demonios que varias noches llevaba persiguiendo.

Durante un pequeño lapso de tiempo, los demonios no fueron conscientes de que ella estaba en el interior de sus dominios y tampoco de que los estaba espiando, hasta que algo hizo que uno de ellos dejase de hablar y corriera hacia ella. Nara pudo percibir el aliento furioso de aquel espantoso ser intentando darle alcance, escuchó el sonido de las ramas de los árboles que se rompían al encuentro de la rápida carrera del demonio. 
—¡Corre, Nara, corre como nunca has corrido en tu vida! —se decía la muchacha a sí misma.
Sus pies no tocaban el suelo, por lo que ella era un poco más rápida que su perseguidor, que tenía que luchar con las raíces que, intentando ayudar en la huida de la muchacha, se enredaban en los pies del demonio, haciendo que este se tropezase y maldijese a cada paso que daba.
—Tranquilo, amor mío. Mamá te llevará de vuelta a casa. —Acunaba al pequeño bulto que llevaba en los brazos, sin dejar que el pánico se adueñase de ella. 
—Unos metros más, tan solo unos metros más. Ya está amaneciendo y ellos solo pueden abandonar el bosque en la noche oscura.
Nara posó sus pies en la suave hierba que crecía hermosa en la linde que separaba su aldea de aquel espantoso bosque. 
—¡Lo conseguí!
El sol teñía de naranja el cielo. Se sintió a salvo y abrió los ojos. Con ternura, destapó el pequeño bulto que protestaba entre sus brazos. Lo que vio hizo que un grito de dolor escapase de su cuerpo, haciendo que hasta los animales de la noche guardasen silencio ante su tragedia.
El demonio, que también portaba algo entre sus brazos, la miraba desde la oscuridad del bosque. Estaba furioso, el sudor perlaba su frente debido al esfuerzo, gotas de sangre resbalaban de las numerosas heridas que la carrera le había provocado, y un llanto negro y silencioso ahogaba su pecho.
—No, por favor, no lo hagas —Las palabras salieron roncas y ásperas de la garganta de Nara, apenas audibles debido al miedo y a la desesperación.
El demonio gruño zarandeando al bebé humano que ahora sujetaba por los pies, provocando su llanto desconsolado y haciendo que una grieta de dolor rompiera un pedazo del corazón de Nara, que a su vez, depositaba en la linde de los dos mundos el cuerpo sin vida del pequeño demonio que había tomado de la guarida, pensando que era a su hijo al que estaba rescatando.
El demonio alargó una mano para recoger a su bebé, mientras con la otra agarraba fuertemente al hijo de Nara. Sus dedos estaban a punto de tocar al pequeño demonio, cuando Nara sacó una daga y la hundió en su mano, haciendo que soltase al bebé humano. Una flecha, y otra y otra más se clavaron en el cuerpo del demonio. Nara entró de nuevo en el bosque, tomó a su pequeño en brazos, empujó al ser hacia la fresca hierba y este murió en el mismo momento en que abandonó el bosque, igual que su hijo.
—¡Nara! —gritó una mujer de cabello blanco que acudió al encuentro de la chica, a su lado caminaba un joven portando un arco.
—Mamá, Cariño—dijo besando al hombre en los labios—. Yo... Yo no veía nada y... Y me equivoqué.
Nara temblaba, aferrada al cuerpo de su hijo, que descansaba en sus brazos.
—Volvamos a la aldea, pequeña. El infierno de su venganza no se hará esperar. Es la primera vez que un bebé sale con vida de la guarida de los demonios. Veinte largos años han pasado desde que aparecieron, muchos niños fueron robados, entre ellos tu hermano. Tú eres nuestra esperanza.

La madre de Nara se arrodilló al lado del cuerpo del demonio y con suma ternura acarició la mejilla del ser, algo que sorprendió a la muchacha, que se acercó un poco más, intrigada por la escena. 
En los ojos de aquel deforme ser pudo reconocer el hermoso azul que tantas veces la acompañó de niña. 
Él era su hermano.

sábado, 25 de noviembre de 2023

Prólogo de Elisa recordará mi nombre.

Aquí os dejo el prólogo de mi próxima novela, Elisa recordará mi nombre, que se publicará en diciembre.
Espero que os guste
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Soy Elisa, no diré mi apellido porque no sé si ellos aún me andan buscando, y ustedes no sabrán si es mi nombre real, ya que hasta yo tengo dudas de ello. Estoy en protección de testigos, aunque sé que con mis perseguidores no hay protección de testigos que valga, mi protección soy yo en mí misma. No tengo muy claro por qué no pudo hacerme daño aquella noche ni las noches posteriores en que lo intentó, pero estoy viva y voy a contar lo que sucedió, empezando por la madrugada en que todo comenzó.

En el lugar en que nací se notaba frío al anochecer durante todos los meses del año y la cercanía del mar hacía que un poco de él se colase en el ambiente, dotando al aire de una humedad pegajosa. Aquella era una noche de verano, de finales de junio para ser exactos, así que aún no hacía demasiado calor por el día y la madrugada era fría. Me acababa de mudar a mi primer apartamento sola. Vivía en un pequeño pueblecito, llevaba un par de años trabajando (y ahorrando) y podía permitírmelo por primera vez en mi vida. ¡Ah! También hacía poco que lo había dejado con mi novio de toda la vida y había descubierto cosas de mi familia que hacían que me replantease mi futuro más inmediato. Vamos, que mi mundo estaba patas arriba. 

Mi vecino era un tipo muy guapo y encantador, nada que ver con mi antiguo novio, yo era una pardilla, no quería nada serio y él tampoco. Se me caía la baba cada vez que lo veía, así que una cosa llevó a la otra y terminamos enrollándonos. Una de las noches que me quedé a dormir en su casa me desperté sobresaltada y no era para menos. Mi vecino estaba sentado encima de mí, sus ojos eran rojos y fuera lo que fuera lo que pensaba hacerme, no pintaba nada bien. Intenté gritar con todas mis fuerzas, ningún sonido salía de mi garganta, forcejeé, pataleé, pero él tenía una fuerza sobrehumana, aunque por alguna extraña razón me soltó, sus ojos volvieron a ser normales, paseó su mano por mi pelo susurrando un: «lástima, me gustabas demasiado, ahora tendrás que ir con las demás», y me dormí al instante. Al día siguiente desperté en mi cama con una nota de mi vecino en mi mesilla que decía que la noche anterior había bebido demasiado y que me había traído a casa.

Intenté hablar con él sobre lo sucedido y me explicó que nada de lo que yo recordaba había ocurrido, que seguramente había tenido una pesadilla. Nunca volvió a quedar conmigo, es más, si me veía se cambiaba de acera. Pero a partir de aquella noche mi percepción de la vida cambió. Comencé a ver aquellos ojos en más personas a mi alrededor: en el vecino que en la cola del supermercado me miraba de soslayo, en mi hermano si alguna vez me cruzaba con él, en el compañero de trabajo que me traía un café sin yo pedirlo… 

Y comencé a atar cabos sobre aquella chica que pensaba estudiar fuera al acabar bachillerato y desapareció cuando yo estaba en el último año del instituto; en una medio novia de mi hermano que también desapareció; en la ex del veterinario… ¿Por qué nunca había pensado demasiado en ellas? Bueno, quizás sí lo había hecho, pero no de aquella manera. No de una forma tan fuerte y constante. En el lugar en el que nací, de vez en cuando una mujer desaparecía, se la buscaba, se la lloraba y pasados unos días se actuaba como si no hubiera existido jamás.

En algo tenía razón Israel, mi vecino. Aquella noche había despertado de una pesadilla, pero solo para comenzar otra aún mayor.

lunes, 9 de octubre de 2023

Amigas

Hoy, un día cualquiera de otoño, regreso a casa de madrugada tras pasar unas horas tomando unas cervezas con Gloria. Ella es mi mejor amiga desde..., desde siempre. Podría decir sin lugar a dudas que es la persona que mejor me conoce en el mundo o que mejor me conocía, porque hace exactamente dos semanas he cambiado. Bastante. Al principio pensé que estaba sufriendo alucinaciones o algún tipo de enfermedad mental (en algunos momentos aún tengo dudas sobre mi cordura), pues lo que os voy a contar es increíble, terrorífico y lo peor de todo es que «mi problema» ha hecho que regrese a casa con el cadáver de mi amiga en el maletero del coche.

    Lo mejor de mi nueva condición es que tengo mucha fuerza, así que no me ha costado nada cargar con Gloria hasta el sofá, lo que sí que me costará será limpiar la gran mancha de sangre que va a dejar en la tapicería color blanco roto. No puedo evitar sonreír ante ese color, «blanco roto» y tan roto, está destrozado por la sangre. No sé si explicaros primero cómo me convertí en lo que soy (aunque no sé muy bien lo que soy, sinceramente) o por qué el cuerpo ensangrentado de mi amiga está en el salón de mi casa. Creo que lo mejor será que empiece por el principio, cómo me convertí en la mierda de monstruo que soy ahora.

    Hace unas semanas vi el anuncio en redes sociales de un tipo que daba en adopción una adorable camada de cachorros, yo llevaba tiempo queriendo adoptar y no me lo pensé dos veces, le escribí un mensaje privado que contestó enseguida. Solo aceptaba mensajes privados. Quedé con él para poder ver la camada en un lugar de la sierra, un sitio bastante siniestro, la verdad, aunque el tipo era un encanto y por encanto me refiero a que estaba bastante bueno... pero esto no viene al caso. El chico vivía en un chalet de una sola planta en medio de un gran terreno de hierba bien cuidada, cercado por un muro de piedra baja. Los cachorros estaban en la casa, resguardados en una gran cama, dentro de un amplio arcón de madera abierto por arriba. La estancia estaba caldeada y parecía cómoda. Lo poco que vi del interior del chalet no tenía casi muebles, él me explicó que se acababa de mudar hace poco. No había ni rastro de los padres de los perritos, ya que los tenía en otra habitación por precaución, puesto que se podían poner agresivos si veían que una extraña se acercaba a sus cachorros y aunque me resulto extraño, porque no escuche ningún ladrido ni muestras de que hubiera más perros en la casa, no dije nada. Estaba notando algo raro y quería salir de allí cuanto antes. Decidí que vería a la camada, de la que no adoptaría ningún perrito y después me largaría.

    —Son preciosos —dije y acerqué mi mano para acariciar a uno de ellos.

    —No, no los toques —contestó él alzando un «poco demasiado» la voz, pero ya era tarde uno de ellos estaba lamiéndome la mano.

    —Perdón, no sabía que no podía tocarlos. —retiré mi mano y el pequeño con sus dientes afiladísimos me hizo una pequeña herida.

    —Lo siento, no quería asustarte, es que todavía no están vacunados. ¿Te ha hecho sangre? ¿Quieres que te cure? 

    El chico no me miraba a mí, miraba la pequeña gota de sangre de mi dedo con demasiada, no sabría cómo describirlo, ansiedad, sí, ansiedad es la palabra; además los cachorros comenzaron a ponerse muy nerviosos, ladrando, gimoteando y rascando el arcón.

    —No, no es nada.

    Saqué un pañuelo del bolsillo y taponé la pequeñita herida que enseguida dejó de sangrar. Me despedí del chico con la excusa de que tenía mucha prisa y salí de allí como alma que lleva el diablo. Al llegar a casa me encontraba mal y me eché a dormir, desperté con fiebre y pensé que el perrito quizás me había pegado algo. Decidí enviar un mensaje al chico por si acaso él sabía qué podía hacer, pero ¡sorpresa! Había borrado todas sus redes sociales. 

    Los días siguientes todos mis sentidos se intensificaron: mi fuerza, mi oído, deje de usar gafas...  También mis gustos culinarios cambiaron, comencé a desear cazar, era algo superior a mis fuerzas, cuando caía el sol NECESITABA salir a cazar y si no lo hacía el sufrimiento era indescriptible, sobrehumano. La primera noche conduje desesperada hasta el lugar donde se supone que aquel tipo me enseñó la camada y no había nada, ni chalet, ni muro de piedra, ni nada... La desesperación por cazar no me dejó pensar y allí mismo aceché y atrapé a mi primera víctima, un pequeño conejo. Me debatí entre el instinto y la repulsión y gano el instinto. Al día siguiente, más tranquila, subí de nuevo a la sierra por si me hubiera confundido de lugar por los nervios de noche anterior, y no, no me había confundido, aquel era el lugar; pero la casa, el chico y los cachorros se habían esfumado. ¿Cómo puede desaparecer una casa?

    Todo aquello fue lo que nos trajo a esta noche en la que mi amiga yace ensangrentada en mi sofá.

    —¡Ahhhhhhhh! —Gloria ha comenzado a gritar. Mucho.

    Sí, ya sé que os dije que Gloria estaba muerta y ahora está gritando. No está del todo muerta, solo la he convertido «en lo sea que yo soy». Estaba muy aburrida siendo una asesina de conejos y quería pasar a matar como el tipo ese de la serie que mata malos: «Dexter». Sé que podría hacerlo incluso mejor que él, pero no quiero hacerlo y no poder compartirlo con mi mejor amiga. Así que me informé un poco de lo que había que hacer para «contagiar» lo que soy, y lo hice. Sin avisar, porque si no Gloria, aparte de tomarme por loca, se habría negado en redondo. ¡Ah! Y También quiero encontrar al tipo que me hizo esto, recuerdo perfectamente su olor, entre las dos lo cazaremos y tendré una charla con él, porque creo que lo que me hizo fue premeditado, creo que me eligió y necesito saber el porqué.

    Ahora me toca explicárselo todo a Gloria y va a ser un poco complicado porque no para de gritar, quizás sea por la sangre. Sí, hay mucha. Al convertirla, mi intención era darle solo un pequeño mordisquito y parar, pero es que tenía hambre y se me fue un poco la mano (o más bien los dientes), aún soy novata en esto. 

    Sabrá perdonarme, no creo que le quede mucha cicatriz. Además, le he regalado la inmortalidad. Creo.

    

lunes, 2 de octubre de 2023

La niña

La madre dormita en el salón con la televisión sin volumen, la pantalla del intercomunicador, que instaló el padre antes de irse a trabajar, muestra la imagen de la pequeña que descansa en su cuna plácidamente y la lluvia golpea suave en los cristales.

    Un pequeño susurro provoca que la madre se despierte sobresaltada, el instinto hace que el más mínimo ruido la desvele. Observa la cámara para calmarse al instante, la niña no se ha movido. «Me lo habré imaginado», piensa. «La verdad es que la mudanza a la casa nueva ha sido agotadora, es la primera noche y él está fuera por trabajo». Mira el móvil, por si hubiera un mensaje de su pareja, pero no, no hay nada y eso la enfurece. Tira el teléfono en el sofá y decide que es hora de irse a dormir.

    De camino a su dormitorio vuelve a escuchar otra vez aquellos susurros, esta vez no puede intentar engañarse a sí misma. Está en mitad de un pasillo en el que la oscuridad solo se rompe por la luz de noche que sale del cuarto de su hija. El terror en forma de calor abrasador sube por su cuerpo y hace que un sudor frío pegue toda su ropa a su piel. Su respiración se entrecorta y ella intenta descifrar de dónde viene aquel sonido. No escucha nada. Su corazón se esfuerza por calmarse y decide dormir en el sofá cama que hay en el cuarto de su hija. Cuando está a punto de tocar la puerta del dormitorio vuelve el susurro y en esta ocasión su corazón ha dejado de latir por unos segundos, abre la puerta con sumo cuidado intentando observar qué está ocurriendo en el interior, pues está convencida de que el sonido procede del dormitorio de su hija. La niña sigue durmiendo tranquila y en perfecto estado, pero cuando la madre da un paso para acercarse a la cuna, la cámara de videovigilancia se mueve en su dirección enfocándola directamente a ella.

    —¡No la toques! —dice una voz que reconoce como la del susurro, una voz extraña, una voz antigua, oscura y fría.

    La madre no obedece, intenta llegar a su hija, pero la cuna se desplaza alejándose de ella.

    —¡Te he dicho que no la toques! Ahora es solo mía. 

    La voz sigue saliendo de la cámara que enfoca a la madre continuamente. Ella se frota los ojos, intentando despertar de aquella pesadilla. Ojalá estuviera dormida en el salón. 

    —¿Qué quieres de nosotros? ¿Quién eres? Mi marido está a punto de regresar del trabajo —miente y de la cámara resuena una carcajada.

    La ansiedad no la deja pensar con claridad, todos sus sentidos están puestos en el bienestar de su niña. Y encima el cabrón de su padre no está para ayudar.

    —Esfuérzate un poco, seguro que puedes reconocer quién soy. No es tan difícil. Escucha mi voz.

    La madre mira a la cámara, luego a la niña, para después ahogar un grito de espanto.

    —Bien, así me gusta. No quería que te fueras sin saber quién iba a matarte. Adiós, amor. Bebé, despídete de mamá.

    La niña obedece, despierta, gira su pequeña cabecita y con su mano dice adiós a su madre, que yace en el suelo de la habitación, sus ojos muertos miran fijamente hacia una cuna ya vacía.


    

martes, 27 de junio de 2023

Noche de caza. Bruja negra.

 Noche sin luna en el bosque, salgo de casa con la ropa pegada a mi cuerpo por el sudor, es verano y en el norte la humedad no da tregua. Normalmente por la noche suele refrescar, pero esta el calor es asfixiante. Escucho el sonido del mar enfurecido romper contra los cercanos acantilados, la tormenta probablemente no tardará en llegar provocada por este calor tan poco habitual.

Debo realizar mi cometido, una vez al año, todos años. Tengo miedo. Terror... No hay palabras para describir lo que siento, por lo que se supone que debo hacer, por la vida que debo cercenar, pero no puedo negarme, no hay opción para mí ni para mi familia. Soy una Bruja negra, mi hija y yo vivimos en lo más profundo del bosque, solo nos alimentamos una vez al año. Así ha sido durante milenios y si nadie acaba con nosotras o con el ser que nos maldijo, así seguirá siendo por toda la eternidad.

Nuestro amo nos tiene cautivas en este bosque que solo abre para que podamos cazar una vez al año y al que viene de visita siempre que a él le apetece. Él es el padre de todas las que nacieron antes que yo, y será el padre de todas las que vendrán, pues él nunca morirá, o eso cree al tomar tantas precauciones, pero la leyenda dice que morirá a manos de una Bruja negra.

Mi niña duerme en su cama y no despertará hasta que huela la sangre de mi presa cuando esté de vuelta. El hambre y el instinto la convertirán en una fiera capaz de atacar a su propia madre con tal de comer. 

Camino a través de los árboles por la oscuridad más absoluta, sin tropezar con nada ni nadie, pues reconozco cada brizna de hierba del camino. Las náuseas acuden a mí, me siento mareada y asqueada, me arrodillo junto a un árbol, golpeo el suelo, grito tan fuerte que mi garganta arde, lloro tanto que mis ojos escuecen y retomo la marcha, pues mi estómago comienza a rugir desesperado. Mas cuando uno de mis pies se adelanta traspasando la linde del bosque, una brisa helada susurra algo en mi oído. Me giro al bosque y le pido.

—Repite, por favor.

La brisa helada acaricia mi rostro.

«Tienes elección». «Él está en el muelle».

Poso los dos pies fuera del bosque y una corriente eléctrica recorre mi espina dorsal. «¿Cómo es posible que haya sido tan estúpido?». Me pregunto. Él me tiene presa en el bosque porque allí puede controlar mi poder, fuera soy demasiado poderosa. Por eso cuando salgo de caza, una vez al año, él se encierra en su castillo. 

Ya no siento náuseas, ya no siento terror.

Esta noche liberaré a mi hija y cenaremos el mejor de los manjares. Comienza a llover, la tormenta ha llegado.


martes, 18 de octubre de 2022

Demonios

Me asomo a la pequeña ventana de mi retiro de piedra. La niebla de la mañana apenas deja ver los montes verdes, pero mi vista ya cansada sabe reconocer cada hoja, cada gota de rocío, cada sonido del bosque de mi encierro. Aspiro el aroma de la mañana y camino descalza sobre la piedra fría que, en mi juventud, me desperezaba y ahora lanza agujas de dolor a lo largo de mis cansados huesos. Después de asearme me dirijo a realizar las tareas para las que fui reclutada. El Gran Árbol me espera, majestuoso, imperturbable al tiempo, al clima y a la vida misma. Recuerdo el primer día en que lo vi, sus hojas rojas, su corteza gruesa llena de vetas que formaban caprichosas figuras sin orden ni sentido alguno. Nadie me enseñó, nadie me instruyó, mas yo caminé hacia él y ofrecí mi sangre a sus raíces. La tierra tembló bajo mis pies, el cielo se oscureció y el conjuro de sangre calmó a los demonios. Demonios que nunca he visto; silenciosos y aterradores vigilan mis movimientos aguardando un error, una debilidad, esperando que llegue su momento. Girando la rueda de mi vida.


Así vengo haciendo mi ofrenda de sangre, día tras día…, tras día. El tiempo ha pintado de blanco el color de mis cabellos y ha marcado arrugas de vida y sufrimiento en mi piel. El Gran Árbol palidece sus hojas y su corteza desdibuja sus caprichosas figuras, y yo sé que debo buscar quien continúe mi legado, un alma que se entregue a su destino como yo lo hice. Sangre joven. No recuerdo cómo llegué aquí, ni por qué abandoné ilusiones, amores… No sé siquiera si algún día tuve algo de eso en mi vida. 


El día acaba casi como comenzó, asomándome a la ventana, aspirando el aroma frío de la noche y abandonándome a un sueño sin sueños ni descanso una vez más.


Me asomo a la pequeña ventana de mi retiro de piedra, la niebla de la mañana apenas me deja ver este lugar que desconozco. No sé cómo he llegado aquí, pero me gusta, me gusta sentir el frío suelo cuando camino con mis pies descalzos por la habitación. Intuyo bosques verdes y campos hermosos a través de la niebla. Me aseo en silencio y completa tranquilidad y bajo al jardín trasero. Allí me espera el Gran Árbol, majestuoso, hermoso, con sus hojas rojas y su extraña corteza. Camino hacia él, mis brazos lo abrazan, y sus ramas arañan mi piel, rasgándola; y los demonios que no veo, pero siento como si vivieran bajo mi misma piel, se calman bebiendo mi sangre.


No recuerdo cómo llegué aquí, ni por qué abandoné ilusiones, amores… No sé siquiera si algún día tuve algo de eso en mi vida. El día acaba casi como comenzó, asomándome a la ventana, aspirando el aroma frío de la noche y abandonándome a un sueño sin sueños ni descanso. Los demonios giran la rueda de mi vida, otra vez.


miércoles, 14 de septiembre de 2022

Marioneta

 Prisionera de mi mente, así me dicen los hombres de blanco cada vez que aparecen. Supongo que lo hacen por sentirse bien, si creen que soy prisionera de mi mente no sufrirán remordimientos por tenerme aquí encerrada.

    No recuerdo mucho de los días en que viví una vida. Pero hay algo que no han conseguido borrar de mi mente, y son los pequeños teatros callejeros en los que unos marionetistas manejan personajes a su antojo. Esos marionetistas eran dioses y decidían sobre la vida de sus marionetas, como los hombres de blanco lo hacen conmigo. Incluso estas cuatro paredes en las que enredo mis días se parecen a aquellos escenarios. Sé que me observan como yo observaba las marionetas.

    A veces, despierto de un sueño largo y pesado, tan pesado que los recuerdos se pegan a mi piel y me acompañan durante interminables minutos. Sé que ellos y sus pastillas son los que provocan que olvide o recuerde a su antojo, lo sé porque durante un tiempo me negué a ingerir sus medicinas, incluso intenté engañarles fingiendo tomarlas, pero mi vida aquí sin sus pastillas era aún más insoportable que con ellas.

    Hay un hombre que viste de azul, no es uno de los de blanco que me obligan a hacer cosas. El hombre de azul tan solo habla conmigo, en un idioma que no reconozco. Veo que se enfada y gesticula, y cuando los hombres de blanco aparecen se desvanece en volutas de humo azul que por algún motivo los hombres de blanco no pueden ver.

    Hoy siento que ellos están mirando, clavando sus ojos en mí; como si fuera una marioneta enredo los hilos que mis titiriteros manejan a su antojo, no soy dueña de mis actos, me agito, pataleo y araño las paredes intentando escapar. Sé que no puedo huir, pero lo intento una y otra vez… Hasta que veo una luz azulada en la esquina de mi cama, camino hacia ella y allí aparece una mano que me tiende unas tijeras. Las puertas de la habitación se abren con estrépito y un clamor de voces grita corriendo hacia mí. Tomo las tijeras y en mi mente una voz me explica: «CORTA LOS HILOS, CÓRTALOS DE UNA VEZ»
    
    
    

lunes, 2 de mayo de 2022

No matarás

Sé que estoy perdida en un sueño, una pesadilla recurrente. Lo sé porque la he vivido mil veces, todas diferentes y todas iguales. Camino descalza sobre una superficie fría, mis ojos van acostumbrándose poco a poco a la oscuridad. Una sustancia tibia y pegajosa mancha mis pies y salpica mis tobillos. Estoy aterrada, paralizada por el miedo. Sé que la veré, veré a mi víctima suplicando por su vida. El olor a sangre y a adrenalina me transforma en el monstruo que soy, que escondo bajo la piel y, justo cuando me abalanzo sobre mi presa, despierto ahogando el grito que me quema la garganta.
    No puedo articular palabra, mi corazón bombea tan rápido y fuerte que creo que va a salirse del pecho. Esta vez la pesadilla es diferente, la víctima ha cambiado y yo sé porqué. Las lágrimas asoman a mis ojos, pero las reprimo por él. Observo su respiración pausada que poco a poco me va relajando. 
  —Hola, cariño. No me digas que he estado roncando otra vez y te he despertado —ronronea desperezándose del sueño.
    —No, tranquilo. Anoche cené poco y me ha despertado el rugir de mi estómago —contesto sabiendo que en realidad hay un poco de verdad en la mentira.
    —No se hable más, bajaré ahora mismo a por esos bollitos que tanto te gustan, tú ve preparando café y zumo de naranja.
    Me quedo un rato enredada en las sábanas mientras observo cómo se viste para ir a por mis bollitos y siento pena por él, por mí y por lo que está por suceder. Oigo su respiración al salir de casa, los pasos firmes bajando las escaleras, mis sentidos se agudizan por el recuerdo de la pesadilla que se va convirtiendo en realidad.
  El monstruo va ganando terreno, intento mantenerlo a raya, como mi madre y mi abuela me enseñaron. No quiero ser una asesina, no quiero defraudarlas… Otra vez. Procedo de una estirpe de asesinas, fuimos maldecidas hace tanto que las líneas de nuestra historia se han desdibujado en el tiempo. Solo sé que nuestros sueños son debilidades, anhelos de muerte que se presentan con rostros desconocidos, mas cuando el rostro de nuestra víctima cambia a un ser amado no hay nada que podamos hacer para escapar del hechizo. Al final acabaremos matando a nuestro amor, a nuestra amiga… Mi madre mató a mi padre y desde aquel día ha conseguido mantener escondida a la bestia. He aprendido de ella y desde que maté a mi mejor amiga del instituto no he asesinado a nadie más, pero la sed de sangre es muy fuerte esta vez. 
   —Cariño, ya estoy aquí. ¡Qué bien huele a café!
   —Cielo, siéntate, tenemos que hablar —le digo intentando no oler su perfume. Acallando al monstruo.
   —¿Estás bien? Conozco esa mirada. ¿Han vuelto las pesadillas?
  —¿Qué sabes tú de mis pesadillas? —Mi cabeza está a punto de explotar. Cómo sabe él de mis pesadillas. 
   —Siempre que tienes una pesadilla olvidas que ya hemos tenido esta conversación —dice mientras me prepara un café—. La pesadilla no es real, no eres un monstruo ni estás maldita.
Bebo un largo trago de café totalmente desconcertada y mi mente comienza a nublarse, miro sus ojos y veo el reflejo del monstruo que soy en ellos. También miedo, y pena, y dolor, antes de sumirme en la negrura de la pesadilla de nuevo. Él me ha drogado y en las sombras de mi letargo recuerdo que no es la primera vez. La pesadilla regresa con más fuerza y sé que no podré escapar de ella. Debo acabar con mi amor.
Abro los ojos despacio, él está a mi lado, él me ama y no cree mi historia, confía en mí. Pobre iluso. Camino despacio silenciando al monstruo, abro la mesilla de noche y vierto todo el contenido del bote de somníferos en mi garganta. Me dejo ir, me voy, ya no  sufro, no soy un monstruo, no mataré más. Mi última víctima será acabar con este legado maldito.

miércoles, 19 de enero de 2022

Sendero Oscuro

 Existe un camino que recorre el valle, un camino escondido y descuidado, por el que la gente no se atreve a transitar. Con zarzas que te arañan la piel si no vas con cuidado, como queriendo avisarte de que ese no es el camino que debes seguir. También se escuchan ruidos de animales y crujir de hojas bajo tus pies. Todos los niños de la aldea le tienen miedo, sus papás se encargan de contar historias de miedo para que ellos no se acerquen al Sendero Oscuro, al terrible Sendero Oscuro.

Pero yo no le tengo miedo a nada..., bueno hubo un tiempo en que sí le tuve miedo a algo, le tuve miedo a él, al señor que caminaba bajo mi ventana por las noches. Miraba y miraba, escondido, pensando que yo no le veía. Acurrucado en mi cama, sintiendo los latidos de mi pequeño corazón, esperaba a que se marchase. Hasta que un día me armé de valor y decidí salir de la cama, avancé descalzo hasta la ventana y allí le vi mejor. El desconocido estaba llorando bajo mi ventana, hablé con él y así fue como conocí a mi abuelo paterno. Nuestra relación es un secreto, pues mi padre y él se enfadaron hace mucho tiempo. He preguntado alguna vez el porqué, pero mi abuelo me dice que aún soy pequeño para saber algunas cosas. Yo creo que no soy pequeño, pero confío en él más que en nadie, así que ya no pregunto.

Creo que me estoy desviando del tema, suelo hacerlo, os pido que no me lo tengáis en cuenta. El caso es que hoy voy a cruzar el Sendero Oscuro, el terrible Sendero Oscuro. Es un secreto entre mi abuelo y yo, hoy cumplo 11 años y su regalo será acompañarme al cruzar el sendero. Mi abuelo dice que él lo cruzó a mi misma edad, que papá también lo hizo y todos los hombres de nuestra familia. Soy muy valiente como ya os he comentado antes, no tengo miedo, bueno..., quizás un poquito sí, pero solo porque debo cruzar el sendero en la medianoche. No porque crea en monstruos ni nada por el estilo, soy mayor, esta noche no hay luna y podría tropezarme en la oscuridad, ese es mi temor.

¡Madre mía, qué vueltas estoy dando! Va a ser verdad que no sé contar historias como dice mi padre. Mi abuelo también lo dice. Se parecen mucho más de lo que ellos quieren reconocer. El caso es que tengo que hacerme el dormido, escaparme por la ventana y reunirme con el abuelo al comienzo del sendero. Ahora mismo estoy llegando, ya veo a mi abuelo esperando, lleva una especie de luz en la mano. No, no es una luz, la llama sale directamente de la palma de su mano. Me quedo paralizado. No puedo mover ni un solo músculo. Él me mira, mueve su mano indicándome que avance y mis pies comienzan a caminar solos, no soy dueño de mi cuerpo. Debo decir que ahora sí que tengo miedo, más que miedo estoy aterrorizado. Oigo un grito y giro mi cabeza. Mi padre avanza veloz hacia mí, intenta cogerme por la cintura, en sus ojos hay pánico. Miro a mi abuelo y él lanza la llama de su mano contra mi padre. Grito, lloro, avanzo hacia el sendero y cuando mi abuelo me toca me desvanezco como polvo, sombra y humo negro. Rescato imágenes de mi infancia, fogonazos de sombras que me revelan quien soy y que me dirijo al lugar del que provengo y del que mi padre me rescato... 




lunes, 17 de enero de 2022

Comenzando a recomenzar

 2022 comienza.

He estado muy alejada del papel en blanco, de las palabras que vuelan de mi cabeza al texto y que forman historias. He estado retraída, protestona, gritona y por qué no decirlo un poco insoportable. Y no me gusta nada estar así. No, no me gusta. Soy muy muy positiva y siempre tiro «palante», pero mi cabeza es una auténtica locura, un torbellino..., y, a veces, me gustaría que se callase un poquito. El miedo desde que soy madre es mi compañero, un compañero irracional que intento mantener a raya. 

Las navidades, los niños en casa, la adopción de nuestra perrita, los problemas graves de salud de mi suegro, mi madre que tampoco está muy fina, esta maldita pandemia... Todo se me ha hecho bola y no he podido sentarme a escribir y he leído muy muy poco. No ha habido casi Instagram, ni Twitter, ni nada de nada.

Hoy comienzo mi curso de escritura creativa y me propongo retomar mi novela La flor de la dedalera. También salir a caminar todos los días, con mi perrita, paseos largos que nos llenen de energía. 

No soy de las personas que se castiga si no escribe, ni de las que se pone metas de las de «tengo que escribir X palabras al día» o «mi novela tiene que tener X palabras». Me niego a ser esclava de algo que me hace tan feliz. Escribir es terapéutico, es sanador, me hace olvidarme de todo y puedo escribir en silencio o con los niños dando guerra a mi alrededor, pero lo que no puedo hacer es forzarlo. Es cierto que si tengo una idea y no la anoto esa idea se esfuma, pero también es cierto que si estoy un tiempo sin escribir las historias no desaparecen sin más. Cuando retomo mi pasión, las historias fluyen como el río tras el deshielo.

Así que hoy comienzo a recomenzar. Comienzo mi año aprendiendo, escribiendo y leyendo, y retomo poco a poco mi normalidad.

Y doy las gracias,
a los que me leéis,
a los que me seguís en RRSS,
a la magia de los silencios,
y a los que llenan mi vida de luz y polvo de estrellas.

Pronto os traeré un nuevo cuento.





miércoles, 24 de noviembre de 2021

Promesas

 —¡No! ¡No! ¡Y no!
—Y tanto que sí, señorita. Usted tiene obligaciones y las cumplirá —respondió Erlina con su tono calmado e inmensa paciencia.
—¡No puedes obligarme! —contestaba la muchacha cada vez más enfadada. Con cada gesto de su mano rayos y centellas rebotaban por toda la habitación.

Erlina giraba su cuerpo esquivando los impactos de una manera elegante y casi sin esfuerzo. Sacó la varita del bolsillo de su capa y con un giro magistral de su muñeca congeló a la insolente muchacha.

—Dirdre, debería dejar de montar estos numeritos todas las mañanas. Ciertamente, estoy empezando a cansarme y debo decirle que mi carácter calmado explota cuando mi paciencia llega a su límite. No creo que fuera de su agrado verme enfadada.

Dirdre miraba a la mujer con los ojos muy abiertos, pues era la única parte de su cuerpo que podía mover. Ya la había congelado en otras ocasiones, pero había algo en el tono de su voz que hizo que la muchacha recapacitara sobre su actitud.

—Así me gusta, señorita —la maga movió su varita y la chica salió de su entumecimiento—. Vístase, su prometido la está esperando para su paseo diario.

—Me vestiré y caminaré como todas las mañanas con ese muermo —contestó poniendo los ojos en blanco—, no obstante, sé que a ti tampoco te gusta y también que no me casaré con él. Y tú también lo sabes.

—Yo no sé nada. Déjese de tonterías, ya lo hemos hablado en otras ocasiones, usted no tiene el don de la videncia y ese chico está protegido por los más altos conjuros de esta tierra. No se va a morir y nadie lo va a matar. Absténgase de pronunciar esas profecías suyas en voz alta o la que acabará muerta será usted.

Erlina cerró la puerta del cuarto de la muchacha de forma apresurada, pero Dirdre pudo observar cómo le temblaban las manos a su sirvienta y las gotas de sudor que perlaban su frente.

—Querido, siento haberme retrasado. Deseaba estar a la altura de tu belleza.

Dirdre sabía que lo que más adoraba su prometido era que lo adularan, para él, ella no era más que un objeto del que presumir.

—Estás espléndida, ese vestido es una verdadera joya. Me costó mucho conseguirlo —dijo tomándola de la mano y mirándola de arriba abajo.

El vestido era de color rojo como los ojos de Dirdre. Se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, dejando el hombro derecho al aire, sobre el que descansaba su preciosa melena azul, recogida en una trenza. La tela era una exquisitez tejida por las ninfas del Bosque del Norte. Seguramente habría tenido que matar a algunas de ellas para conseguir aquel vestido. 

Caminaron en silencio, como siempre. El compromiso de boda estaba escrito en las antiguas profecías, mucho antes de que ellos naciesen y no era algo que se pudiera cambiar. Él era el hijo del mago más poderoso del lugar y ella era una huérfana tocada por destino. La única niña de ojos rojos y cabellos azules del reino. Esa era la seña que la profecía marcaba para la elegida y por eso una plebeya llego a ser la prometida de aquel ser egocéntrico y poderoso.

Él la despreciaba profundamente. Dirdre podía sentirlo en cada poro de su piel. La primera vez que se vieron, sintió cómo la miraba. Sabía que la consideraba bella, podía notar cómo la miraban los hombres y él la miraba con deseo, pero le dejó claro que solo hablaría con ella cuando hubiera gente presente y que la despreciaba, que jamás estaría a su altura. Por eso, ella lo odiaba con todas sus fuerzas y deseaba que, como en sus sueños, él acabase muerto. 

El paseo acabó y Dirdre regresó a sus aposentos, se cambió y se dirigió a los establos. Vivía en uno de los palacios del padre de su prometido, él era quién la había encontrado, hacía dos años en el orfanato en el que creció.

—¿Ya has terminado tu paseo? —preguntó el muchacho de ojos grises que, en aquel momento, cepillaba las crines de una de las yeguas.

—¿Sabes que hubiera querido acabar con él mientras caminábamos? No hubiera sido difícil, podía haber sacado el prendedor de mi cabello y ¡zas! Ahora estaría desangrándose —contestó con lágrimas en aquellos hermosos ojos.

—No quiero que vuelvas a decir eso, ¿me oyes? Es muy peligroso. Hay espías por todas partes. Dirdre, solo por pensarlo podrían matarte y yo no podría vivir sin ti. Ven —dijo dirigiendo a la yegua a las caballerizas y escondidos tras el animal se fundieron en beso apasionado.

—Te quiero, le odio. ¿Cuándo podremos huir? —sus dedos se enredaban en su pelo y él acariciaba las lágrimas que corrían por aquel hermoso rostro.

—Paciencia. Te prometí que no te abandonaría el día que te sacaron del orfanato y aquí estoy, trabajando para ese malnacido. Te prometo que no te casarás con él y te sacaré de aquí. Confía en mí —acurrucó la cabeza de la muchacha en su pecho y un destello rojo cruzó aquellos hermosos ojos grises. 

En una esquina del establo Erlina, contemplaba la escena con tristeza, mientras jugueteaba con un prendedor ensangrentado entre sus manos.




jueves, 11 de noviembre de 2021

Marioneta

 El bosque me acoge en su oscuridad desde hace días, las ramas de los árboles trepan hacia el cielo en un intento desesperado de mantenerme oculta de mis perseguidores. Camino sin descanso, arrastro mis pies y mis manos por las hojas rojas que marcan un sendero que tan solo yo puedo ver. La sangre que emana de mis numerosas heridas es absorbida por la tierra que, agradecida, llama a la lluvia para calmar mi sed.

No puedo. No. Puedo. Más. Mi cuerpo está exhausto. Mi mente enmarañada. Me abandono a la oscuridad, al frío, al terror... Oigo voces, perros, trotar de caballos. Están llegando y me atraparán. Cierro fuerte mis ojos, pronuncio plegarias con mi boca pegada a la tierra de mis ancestros. Huelo a moho, a hierba, a eternidad... Espero una respuesta. 1, 2, 3 segundos... Ahí están los gritos de terror de mis perseguidores, sonido de sangre, batalla y después tan solo silencio.

Mi rostro está pegado al suelo, mi cuerpo se rompe en llanto, alegría y agradecimiento. Las ramas de mis hermanos árboles se abren y la luz del sol me baña. He superado la prueba. Percibo gritos de alegría que se van acercando, pasos apresurados de mi clan y rechinar de dientes de mis enemigos. Mi madre y mi abuela me toman en brazos y juntas caminamos hacia el altar. Soy la nueva hija del bosque, la elegida por los dioses, la que matará al tirano rey Dorhian.

—Ella ha superado la prueba, ha sido tocada por el bosque para acabar con él. Largo tiempo hemos esperado que llegara este día, un día en el que el bosque nos impidiera matar a una de nuestras hijas. Ese día ha llegado y Anur ha sobrevivido —grita mi madre emocionada y el resto de la aldea rompe en aplausos.

—Anur ha sido elegida, sí, pero ahora debe prometerse con Dorhian, debe engendrar un hijo suyo y acabar con su reinado —puntualiza Erian, mirándome con desprecio.

Me pongo en pie, contengo mi rabia y mis dedos caminan hacia el bolsillo que descansa en mi pecho. Saco un anillo, lo introduzco en mi dedo y, mirándola a los ojos comento.

—Soy la prometida del rey. Llevo viéndome con él unos cuantos meses. Te puedo asegurar, Erian, que en nuestros encuentros las palabras brillan por su ausencia, está loco por mí. La boda será en la próxima luna llena y para entonces la semilla del rey crecerá en mi vientre. 

Erian, roja de furia, se aleja hacia su casa y yo sonrío al verla marchar. 

—Vamos a casa, Anur —dice mi madre tomando mi mano y despidiéndose de nuestro clan—. No debes provocar a esa mujer, sabes que es capaz de cualquier cosa con tal de hundirnos. Debemos estar atentas. Muchas de sus hijas, sobrinas y nietas han muerto en La Elección. Intentará matarte, no dejará que te cases con el rey.

—No me matará, si la mato yo antes.

Mi madre me mira con curiosidad, le enseño mi mano cerrada en un puño. Con cara de asombro y terror, se gira buscando a Erian que se retuerce en el suelo mientras su hermana intenta ayudarla desesperadamente.

—Te has vuelto loca —susurra entre dientes, deshaciendo el puño de mi mano—. Si alguien descubriese tus poderes y que los usas contra uno de los nuestros, te matarían. Nos matarían.

—No, mamá. Soy La Elegida, ¿quién intentaría matar a la muerte? —contesto mientras me tumbo agotada en mi cama.

—No digas tonterías, hija. Eres La Elegida, sí. Pero no eres la muerte, ni mucho menos. Eres la marioneta de los dioses. Los dioses son caprichosos e inestables en sus afectos y de la misma manera en que hoy te han elegido, mañana pueden acabar contigo. No te tengas en tan alta estima, mi niña. Mírate, has estado a punto de morir. —Y diciendo esto me deja sola en la oscuridad de mi cabaña, mientras yo muerdo mis labios de rabia. 

—Yo no soy una marioneta —susurro conteniendo el impulso de cerrar mi puño.






lunes, 2 de agosto de 2021

Regreso

 Camino a través de los árboles, las piedras del camino conversan con presencias escondidas en el silencio, con el silbido del viento acariciando las hojas y con el canto de algún ave. Estoy agotada, mis pies apenas se arrastran cuando al fin diviso la hermosa cabaña que me vio nacer. Allí, en la puerta me espera, me mira con sus hermosos ojos grises mientras trenza su cabello que el tiempo pintó de blanco. Llego hasta ella y me derrumbo en un pequeño banco de madera, me escondo en su regazo y lloro, mientras ella acaricia mi piel en silencio.

Abro mis ojos y no sé cómo, pero estoy en mi antigua cama, arropada, caliente y segura. 

—Bebe, cielo, la infusión está en la mesilla. 

Una sensación hermosa recorre mi cuerpo cuando oigo la voz de mi madre. No noto reproche, no noto enfado, aunque sí miedo y un poco de tristeza. Bebo de la taza humeante, el líquido está en su punto justo, mi mente escapa a momentos perdidos de mi infancia, en los que me preguntaba cómo mi madre podía hacer todo lo que hacía. El desayuno siempre me esperaba recién hecho en la mesa; si me dolía algo, ella lo sabía un segundo antes que yo; si la tormenta intentaba asustarnos en un día de verano, ella nos resguardaba en casa y sonreía cuando los rayos furiosos entendían que no podían dañarnos; si los señores oscuros pasaban por el sendero cercano a nuestro hogar, una niebla fina nos ocultaba y los veíamos pasar, pero ellos no podían encontrarnos... No podían encontrarnos, quizá ahora si puedan.

—Siempre has temido demasiado al futuro y has añorado el pasado, mi niña, esa ha sido siempre tu debilidad. Debes vivir el ahora, porque es lo único que tienes. Ahora —dice enfatizando la palabra—, ahora debemos prepararnos para lo que vendrá.
—Lo siento.
—No lo sientas, hace tiempo que te perdoné. Supe de ti y vigilé tus pasos, vi que eras feliz sin mí y con los años entendí que yo fui la causante de tu huida. No me sinceré contigo, te oculté, te protegí..., y terminé siendo tu carcelera. —Se le rompe la voz y ahora soy yo la que consuela su llanto, un llanto que me desgarra el alma y duele como fuego en mis entrañas.
—Mamá, entiendo, ahora entiendo —contesto llevando la mano a mi vientre, el llanto cesa y una sonrisa asustada ilumina nuestros rostros.
—¿Cómo es posible que no lo haya intuido? ¿Por qué?

Voy a contestar, mas el bello rostro de mi madre se crispa en una mueca de terror.

—Él es el padre. Él —se contesta a sí misma en un susurro.

Asiento, avergonzada, asqueada y muerta de miedo, estoy a punto de decir algo cuando un viento helado se cuela por la ventana. Corremos fuera, la niebla protectora ya está haciendo su trabajo y unos jinetes oscuros merodean, vigilando, husmeando como lobos buscando a su presa. Uno de ellos fija su mirada en nosotras, en mis ojos... Él, sus tiernos ojos, su boca, su pelo que tantas veces acaricié, tentada estoy de salir corriendo para perderme en sus brazos, pero mi madre toma mi mano y recuerdo las cadenas, la sangre y el dolor. Sacudo la cabeza confundida y me pregunto si las caricias existieron o si solo fue otro más de sus engaños.

—Ya se han ido, esta vez no nos han encontrado, pero él no se rendirá. ¿Sabe que estás embarazada?
—Sí, no... No lo sé mi mente está confusa, no consigo recordar cómo me llevó a su palacio. En mis recuerdos se mezclan escenas de amor con otras de sangre y dolor. Ni siquiera sé cómo logré llegar al sendero de regreso a casa.
—Debo hacerte recordar, aunque yo sola no puedo enfrentarme a lo que vendrá. Tengo que invocar a nuestras iguales, nuestras compañeras. Te debo una explicación y será larga, prepararé un poco de té.

Mi madre pasó muchas horas contándome lo que somos, lo que soy, lo que Él es... 

Ahora estamos caminando por nuestro bosque, las ramas de los árboles se van abriendo y cerrando a nuestro paso, los animales custodian nuestro camino. Llegamos a la aldea escondida de nuestros antepasados y las mujeres del bosque nos rodean hasta que yo cierro mis ojos, mi madre me acaricia y quedo atrapada en sueño dulce y blanco.





 


martes, 29 de junio de 2021

Sueños enredados

 Una anciana trenza su blanco cabello y sentada al calor de la lumbre espera. Esperando recuerda su ya larga vida, enredada como su trenza. Recuerda que, en ocasiones, la vida se le hizo demasiado grande. Recuerda los llantos, las frustraciones, las sonrisas, las caricias... Y mirando atrás en el tiempo, piensa que no borraría ninguna de las huellas que la hicieron llegar hasta ese preciso momento.

Revisa su gran estantería de libros, su casa es humilde y sus libros son su mayor riqueza. Sus piernas se quejan al levantar el peso de su pequeño cuerpo y roza con sus dedos el lomo de sus novelas. Camina hacía un pequeño escritorio, allí está su último manuscrito, aún sin terminar. Los capítulos finales siempre han sido especialmente difíciles para ella. Esta vez es diferente, sabe que esa será la historia con la que su vida acabe, la muerte ronda en las esquinas, en las sombras de la noche y se pasea por su piel, inundando con su presencia todo su cuerpo. 

Escribe durante todo el día, las horas pasan rápido, el hambre no se atreve a molestar a la inspiración y la anciana, mirando a la protagonista de su historia, observa como la tinta crea vida en la hoja en blanco. 

Anochece, ha puesto el punto final a su novela y alguien abre la puerta de la calle. Su preciosa hija, tan parecida a ella, la saluda.

—Mamá, deberías estar descansando. La comida está sin tocar, seguro que te has pasado todo el día escribiendo —le dice acariciando con dulzura su cabello.

—¿Qué tal tu día? —contesta la madre, sin prestar atención a la regañina.

—Bien —sonríe caminando hacia el escritorio—, ¿ahora ya puedo leerlo?

—Sí, ahora, sí. 

—¿Y me dejarás publicar tus novelas? Sabes que en la editorial están deseando hacerlo, no entienden por qué nunca has querido mostrarte. Eres realmente buena, mamá.

—No lo sé, cariño. Supongo que fue por miedo, cobardía... Disfrutaba escribiendo, enseñando mis historias a poquitas personas, pero no me atreví nunca a que mi pasión se viera juzgada por extraños. Quizás fue un error, no lo sé y ya no lo sabré nunca, porque mis historias no deben ver la luz hasta mi muerte.

—Ay, mamá. Siempre me dices que persiga mis sueños y tú has estado reprimiendo los tuyos toda tu vida.

En la mirada de la anciana asoma un poco de tristeza, su hija se da cuenta e inmediatamente se arrepiente de sus palabras. Camina hacía ella, la abraza y la cubre de besos.

—No me hagas caso, mamá. Soy una estúpida, tus motivos son tus motivos, y yo no soy quien para juzgarte. Ahora descansa un poco mientras yo preparo la cena. 

La anciana cierra los ojos, acomodada en su sillón. Su hija camina hacia la cocina conteniendo el mar de lágrimas que se agolpan en sus ojos. Un escalofrío recorre su espalda y la sombra de la muerte retira de su rostro una lágrima. 



lunes, 7 de junio de 2021

El farero

—¿Quién va? —pregunta el farero después de oír unos golpes en la puerta.

—¿Quién va? —repite y escucha. 

Silencio, susurros de aire con aroma a sal se cuelan por las rendijas de la puerta, silbando en su extraño idioma, contando secretos, mentiras y leyendas que nadie logra descifrar.

—¡Estos críos, un día me voy a cansar de sus bromas y se van a enterar!

El farero camina despacio, sus piernas ya no son jóvenes, enciende la lumbre y calienta un poco de leche antes de volver a la cama. La taza humea en las manos marcadas por el tiempo, sus ojos se pierden en la oscuridad de la noche mientras observa las olas ondeantes a través de una minúscula ventana. 

TOC, TOC, TOC, esta  vez los golpes son tan fuertes que el anciano derrama un poco de la leche.

—¡Malditos críos! ¡Os advierto que saldré con la escopeta! —grita sin mucha convicción, el miedo está empezando a cosquillear en su mente.

Se asoma al ventanuco y ve como una terrible tormenta se acerca a la costa. En la tormenta un barco es sacudido aquí y allá. Movido por las manos de un gigante sin conciencia. El farero se frota los ojos y vuelve a mirar al mar, allí no hay nada. Calma, espuma y luna llena.

TOC, TOC, TOC.

Esta vez el anciano calla, se acerca a la alacena y saca un crucifijo que se cuelga al cuello, un pequeño frasco de agua bendita que derrama en el suelo creando un círculo a su alrededor. Una respiración al otro lado de la puerta y una garras que arañan furiosas. El sonido del viento entrometido que se introduce por cualquier resquicio le dice que algo terrible acecha tras la puerta. El frío, terrible, silencioso le cala los huesos y el sueño vence al farero.

TOC, TOC, TOC.

Las luces del alba despiertan al anciano tendido en el suelo, sus manos están aferradas al crucifijo y los huesos doloridos gritan al incorporarse.

—Martín, Martín. Despierta gandul.

El farero abre la puerta y la hija del molinero aparece sonriente en la puerta de la casa.

—Martín, ¿se te han pegado las sábanas? Uy, que mala cara tienes. ¿Estás enfermo? —comenta preocupada—. Te traigo el grano que le pediste a mi padre.

—Estoy bien querida, los años no pasan en balde y he dormido regular —comenta, escondiendo el crucifijo que lleva al cuello.

—Si no necesitas más, me voy que tengo que entregar más pedidos. Por cierto, deberías arreglar la puerta de la entrada, está llena de marcas. 

El farero asiente sonriendo, despide a la muchacha que se aleja inocente. 

Esa noche el farero esperará sentado en el suelo, el crucifijo al cuello y dentro del círculo de agua bendita. La puerta abierta de par en par y la oscuridad avanzando... 






lunes, 24 de mayo de 2021

La protectora (2ª parte)

 El silencio se había instalado en la habitación, era tan denso que María podía oír los débiles latidos del corazón de su tía. La respiración agitada recordaba la antigua tonada de los que estaban próximos a morir. María tenía todos sus sentidos en alerta, tal y como ella le enseñó. 

    «El día de mi muerte él rondará mi casa, el día de mi muerte él vendrá a buscarte, el día de mi muerte será el día en el que tendrás que luchar, mi pequeña niña». 

    Una niebla blanca comenzó a inundar la estancia, tocó los pies de María con su fría caricia, olía a ansiedad, a muerte y a venganza. Jacinta apretó con fuerza la mano de su sobrina y abriendo mucho los ojos pronunció aquella palabra en clave y exhaló profundamente el que fue su último aliento. La figura de un hombre se materializó en la habitación, era mucho más alto que María, de cabello rojo y unos ojos verdes, profundos y antiguos, como el musgo que crece en lugares sombríos. 

    —Al fin se ha muerto esa asquerosa arpía. —su voz sonó hueca y profunda. Alargó la mano intentando tocar a su hija.
    
    María lo miró fijamente y en un rápido movimiento se apartó de él.

    —¡Vete! ¡Márchate!
    —Oh, no, no me voy a ir a ningún sitio sin ti. Tú vas a venir conmigo. He esperado mucho tiempo, hija mía. 
    —Ella me enseñó bien cómo tratarte, no eres tan poderoso como crees. 
    —Sí, ella te enseñó bien, pero también te dijo qué era lo que no debías hacer, y tú... —dijo sonriendo con los ojos puestos en su hija—. Tú no debías tener hijos, Jacinta tenía muchos defectos, pero me conocía muy muy bien. Tan bien que a veces hasta yo me sorprendo.

    Era cierto, su tía la advirtió, le dijo que no debía tener hijos hasta haber librado la batalla con su padre, pero ella no la escuchó y se fue, y la dejó sola en aquel pueblo, y pensó que escaparía de todo aquel horror.

    —Vendrás conmigo, oh, ya lo creo que vendrás.

    Su padre alzó las manos y una niebla oscura emergió entre los dos. Allí estaba su pequeña, jugando en el parque, a su lado una mujer, muy cerca de su hija, tanto que prácticamente podía tocarla. María lloraba, paralizada por el miedo. Aquella mujer volvió la cara hacía ella con una sonrisa oscura como la muerte y aquellos ojos, aquellos ojos iguales a los de su padre.

    —¡No la toques! —gritó llorando.
    —Dime que vendrás conmigo, no quiero a esa estúpida niña para nada. Yo deseo que tú, mi hija, vuelvas conmigo. Dime que vendrás y la niña regresará a casa sana y salva.
    —Iré, iré contigo, pero ahora déjala. —dijo en apenas un susurro, el miedo le había robado la voz.

    Él hizo un gesto a la mujer y esta se desvaneció, dejando a la niña jugar tranquilamente en el parque.

    Su padre alargó la mano hacía María. Cuando sus dedos estaban a punto de rozarse, Amalia irrumpió en la habitación, tomó a María bruscamente por la cintura. Él las miraba sorprendido y furioso.

    —¡NO TE ATREVAS A HACERLO! 

    Pero Amalia ya había sacado el cuchillo y con un rápido movimiento cortó la palma de la mano de María. La sangre brotó goteando en el suelo de la habitación y él se desvaneció.

    —¿Qué has hecho, Amalia? Ahora irá a por mi niña.
    —No digas estupideces, niña. Acaso te has vuelto tonta de repente. ¿Jacinta no te enseñó nada? Él no puede hacer daño a tu hija, no puede tocarla, tu sangre corre por sus venas y eso la protege. No puede hacerle daño mientras tú no te sometas a él, en el momento en que te tenga la matará, a ella y a todos los que amas.
    —¿Y ahora qué hago? ¿Cómo los protejo?
    —Jacinta te enseñó la profecía, debías avanzar como ella te lo iba marcando, pero en el momento en que decidiste caminar tu propio camino, la profecía cambio. ¿Cuántas veces intentó mi amiga ponerse en contacto contigo? ¿Cuántas veces la rechazaste? Ahora, si quieres vivir y salvar a los tuyos, debes obedecer. El sacrificio será enorme, pero no existe otra solución. ¿Harás lo que yo te ordene?
    —Lo haré —contestó María, consciente de su error.
    —Tu sangre servirá para sellar tu juramento, yo no soy Jacinta, no te equivoques, yo no dudaré en matarte o entregarte a él si me desobedeces. No pondré en peligro a nadie por una niña caprichosa como tú. Tan solo te ayudaré por la promesa que le hice a mi amiga —contestó furiosa y con lágrimas en los ojos—. Ahora vamos, tenemos un largo camino por delante. Debemos ir al arroyo del molino gris. Allí te explicaré cuál es el plan. Por el camino deberás llamar a tu marido y le dirás que tienes que quedarte unos días más para organizar el entierro y todo el papeleo de la herencia. Él lo entenderá, no te preocupes, yo misma me he encargado de que así sea.