viernes, 8 de enero de 2021

Mi última caza... O tal vez no

No había tenido un buen día. No, no lo había tenido. Llevaba todo el día lloviendo, hacía demasiado frío y en el trabajo había tenido que aguantar a la insoportable de mi compañera lloriqueando por las esquinas. Me dolía la cabeza y no podía permitirme estar nerviosa, no «aquella noche».


Llevaba años preparando «aquella noche» y si no lo hacía «aquella noche» no podría volver a intentarlo hasta pasado un mes, o quizá nunca. Me había costado mucho perfeccionar la técnica, pero al fin había conseguido ser tan buena como mi madre haciendo... no había nombre para lo que ella hacía... No, no lo había.


Nunca tuve amigos ni familia, pasé toda mi infancia y gran parte de mi adolescencia viajando de ciudad en ciudad. Esa forma de vida hizo que me distanciara de mi madre, hasta que ella logró perfeccionar su técnica y así no tener que huir más. Yo le preguntaba el motivo de tanto traslado y mi madre nunca me contaba nada, pero la noche en que cumplí quince años al fin me mostró lo que había sabido, o intuido, o sospechado toda mi vida.


Mi madre me enseñó todo lo que sabía de la técnica, pero una de «aquellas noches» de luna llena algo salió mal y mi madre falleció. Lloré su pérdida y acabé la misión. Enterré a mi madre junto al cadáver de aquel asesino, de aquel despojo, de aquel malnacido. La rabia me cegaba, las lágrimas me quemaban el rostro y el aire me faltaba mientras la tierra caía encima de mi madre y de aquel demonio, pero así me había enseñado mi madre que debía hacerlo. Si una cazadora moría haciendo su trabajo debía ser enterrada junto a su presa.


Yo sabía que debía de buscar una sucesora, una compañera, alguien con quien cazar. Sabía que no debía de cazar sola porque si me sucedía algo, si moría, otras cazadoras deberían hacerse cargo de mi cuerpo. Las cazadoras no se conocen unas a otras, pero cuando una muere las demás pueden sentirlo y si es una de las «solitarias» acuden a terminar la caza. Por eso todas deben tener una compañera.


Las cazadoras no tienen familia, yo fui fruto de una noche de caza de mi madre. El malnacido la violó aquella noche y ella no pudo deshacerse de mí, como dictaban las leyes de nuestro clan. Me ocultó hasta la noche de su muerte en que tuve que dar explicaciones ante el Consejo y desde entonces estoy en su punto de mira. No me permiten ningún fallo y si aún sigo viva es porque soy mejor que todas ellas juntas. 


Esta misión es especial porque cazaré a la cazadora que tendió una trampa a mi madre. Mataré a una Hermana y después deberé desaparecer, seré una sombra el resto de mis días. Una sombra feliz, que irá acabando con todas ellas una por una, limpiaré mi raza y crearé una nueva era de cazadoras. Mis cazadoras... 




lunes, 4 de enero de 2021

Sueños de gotas de lluvia y rayos de sol

Él escribe palabras con tinta de luna, en lo alto de una montaña perdida.
Una montaña sin nombre ni dirección conocida.
Palabras que cuentan historias de decisiones y de amoríos,
de tristezas y de alegrías, de vidas nuevas y paseos por el olvido...

Ella trenza caminos, indicando destinos.
Caminos que cambian con las decisiones del que camina perdido.
Ella deja señales para guiar a los vivos,
mas pocos las siguen pues caminan sin mirar el camino.

Un día una niña se extravía,
camina observando cada detalle del sendero escondido.
La niña llega a la montaña, alcanzó su destino.

La niña saluda feliz pues cree haber alcanzado su destino.
Él y Ella la miran curiosos y entristecidos.

—Niña preciosa, ¿te has perdido? 
—No, este es mi destino.
—¡Oh, mi pequeña niña! Este no es tu destino. 
—¿Estás segura? Yo seguí las señales que me indicaba el camino.

Ella busca el sendero de la niña en sus trenzas de caminos.
La niña no miente, ese es el final de su destino.

Él busca los versos que aclaren aquel desatino,
encuentra la historia y lee:

«Una niña camina por un sencillo sendero,
días y días sin atisbar destino.
La niña mira a lo lejos, no ve el fin de su camino,
mas cercano a sus pies discurre otro distinto.

Es un camino de piedras y de oscuros bosques,
de subidas y bajadas, de tormentas y plácidos lagos.

La niña no lo piensa y cambia su camino,
pues aunque sea duro, ese al menos la llevará a un destino.

Vivirá aventuras, sentirá miedo y frío,
pero así es la vida, luchar le da sentido.

Caminar bajo la tormenta agradece la caricia del sol y
subir una alta montaña enseña acantilados y atardeceres anaranjados.

El sencillo sendero de la niña no la llevaba a ningún lugar,
se atrevió a cambiar de camino y por eso su destino será:
pintar sueños con gotas de lluvia y rayos de sol,
en este maravilloso lugar».

Desde aquel día 
Él escribió historias con versos de luna,
Ella trenzó caminos y
La niña pintó sueños de lluvia y sol.



lunes, 14 de diciembre de 2020

Un claro en la tormenta

Un único pensamiento ocupaba su mente, seguir el camino de hojas secas, mojadas por la lluvia que hasta hacía unos instantes caía enojada sobre su cabeza. Avanzar continuamente, a pesar del frío que atravesaba su piel y congelaba su alma.

Intentaba que su mente no le hablase de posibilidades, que no la enredase con oscuros pensamientos, solo quería llegar y que todo aquello fuera una de sus muchas pesadillas. Apartó con la mano un mechón de cabello empapado que cubría sus ojos y fue entonces cuando la vio. Allí a lo lejos estaba su hogar, en medio de un claro. Un sol radiante iluminaba las ventanas y su madre la esperaba en el camino de acceso a la casa.

Sabía lo que iba a ocurrir, aquella pesadilla la había acompañado infinitas noches durante toda su vida, pero a pesar de ello, ella cerraba los ojos y, murmurando una oración, tocaba la cancela de acceso a su hogar. En todas sus pesadillas aquel era el instante en que una sombra oscura y llena de maldad se llevaba la sonrisa de su madre y la dejaba a ella llorando entre los escombros de lo que fue su hogar. Entonces se despertaba y volvía a estar de nuevo en aquella celda, en aquel hospital, en aquel agujero, sola.

Cerró los ojos suavemente y alargó su mano hacia la cancela, pero en esta ocasión hizo algo que nunca antes se había atrevido a hacer en ninguna de sus pesadillas. Justo cuando sus manos estaban a punto de rozar la puerta, abrió los ojos y tomando impulso saltó por encima de la valla... Y sucedió que el sol acarició su piel, la brisa secó su ropa y los labios de su madre la besaron como tantas veces cuando era una niña. Y no lloró, porque era feliz, porque al fin estaba donde deseaba estar, porque la oscuridad no la devolvería nunca más a aquella fría habitación.

Oyó voces a lo lejos que la llamaban por su nombre, que zarandeaban su cuerpo, que intentaban hacer que volviera, pero ella no regresó. Su cuerpo desapareció, se desvaneció entre las sábanas de aquella pequeña habitación y nadie supo explicar qué fue lo que allí sucedió.